viernes, 13 de abril de 2018

JONI MITCHELL - "Ladies of the Canyon" (1970)

Que "Blue" fuera como fue, y como siempre será, no tiene mayor misterio a poco nos asomemos un algo a la génesis de sus circunstancias. Mitchell tiene un milagro, que no voz, embutida en esa laringe de cristal bohemio con la que quien toque vino a bendecirla cuando la parieron. Únicamente Simon y Drake (y quizá Elliott Smith a pesar de su espectro más limitado, por ese estar casi exclusivamente "atado a la tristeza"), en las cuentas propias, pueden competir en términos de delicadeza con la canadiense. Esto es así. Por mera extensión de ello, el monolítico "Blue" tan atado al desengaño de su apenas otrora idílica relación con Nash lo mismo que a un anhelo de libertad incontenible, lleva al límite de sentimiento e intención a "esa voz"... Resultado: uno de los mejores discos que podemos escuchar en este plano existencial sin debate medie. Y esto también es así.  Sin embargo, hoy prefiero acercarme a su antesala, igualmente nutritiva para quien suscribe (y obviando que la primera década en la carrera de ésta mujer es la locura que és, al abarcar su obra de estudio): Ladies of the Canyon (1970).


Engastado en el ecuador del mejor decenio de la historia del rock ( con toda la retahíla de subgéneros a encaber), el tercer disco de Joni Mitchell venía a apuntalar y reafirmar un talento que ya entonces era destacado y señalado a ultranza. Volvía a ser "más de lo mismo" al ponderarse con su -también ilustre- par de predecesores, pero a su vez se las apañaba para "seguir creciendo". Un protagonismo denodado del piano como instrumento principal, unas ciertas dosis de mayor alegría, cierta desvergüenza bienvenida (recordemos que a Joni -se ha explicado bastantes veces- le horrorizaba la idea de cantar en público en los primeros compases de su carrera, y aún por tan celestial le saliera después el tema en la praxis activa) o, también, tímidas variaciones desde la mera estructura de alguna que otra canción (seguramente, los consabidos pasos de bebé para con su encontronazo jazzístico de no tan demasiado después). "Ladies" da, visto también hoy en relecturas a posteriori, marcado poso de abrirse de fuera para dentro. Ya no es ""solo"" (ruego atención a las dobles comillas) y definitivamente una voz angelical cantando sin atreverse a mirar al público, acústica en ristre. En cierto sentido, además, me casa bastante con la "New morning" dylanita (mi favorito del Maestro para los restos y con la blasfemia implícita que conlleva o pueda conllevar) de ese mismo año de edición. Ambos tienen y viven por siempre adscritos a ese sentimiento de abrir ventanas a una alegría, tan pura y honesta, como antes y/o después demuestran (y sobretodo transmiten) igualmente al acercarse a otros tipos de relatos. Se hicieron otros tótems maravillosos aquel año en clave más o menos folk (vayan "Sweet baby James" o "Tea for the Tillerman", a modo ejemplo rápido), pero el encontronazo soul del de Duluth y el adiós definitivo al "timoratismo" -aunque sea más de tono y espíritu que de mera forma si se quiere- de Joni (que cada uno a su manera y con sus armas se alejan un algo en mayor o menor grado de los tópicos más recurrentes de ese mismo "folk" que, por contra, sin ellos -sin su trabajo previo- no se entiende de ninguna manera) vuelan demasiado alto para todo el resto. Al menos para mi y siempre, obviamente, desde esas reposadas y tan cercanas formas.

"Morning Morgantown" parece querer desmentir ya desde su inicio todo el rollo macabeo descrito antes sobre las mayores aperturas de miras aquí ubicables y en relación a su obra anterior. Sin embargo entra el piano enseguida y, en resumen, se trata todo a un estar atento al juego de incremento en matices dispuesto (no creo que nadie espere "Whola lotta love" abriendo un disco de la Mitchell por otro lado, vaya). Además, es tan bonita que qué narices importa nada al fin... Casi tan bonita como "For free", que es de esas cosas de escuchar de rodillas con las que de mucho en demasiado nos oferta el mundillo éste del rocanrol, el folk, el pop, o lo que la real gana les apetezca. De hecho, esto va  a ser un continuo y me temo que cualquier cosa que escriba no va a resultar sino un ahondar en la evidencia más gratuita se pueda imaginar... Me quedo con todo. Con los "tirirí" de final "Conversation" y los "dururú" que acunan al tema homónimo (qué buena que és, qué voz... y qué letras, claro, no se obvie ello). Le dedica la tan cremosa "Willy", de forma apenas disimulada, a Graham y despide la primera cara con ésta "The arrangement", jugando una vez más con lo mínimo desde las teclas y dejando que sus tan acostumbradas y reconocibles posibilidades vocales carguen casi íntegramente con el peso de la canción (y atención ruego para lo casi esquizoide del contraste entre lo romántico sin ambages de una y lo terriblemente desolado de la otra). Al darle la vuelta al vinilo te encuentras con "Rainy night house", donde se matiza en nostalgia la decepción hecha almíbar de la que se viene desde el final la otra cara. Y también con "The priest", con la acústica desenfundada como único acompañamiento y donde se reserva una de las lyrics más tremendas del disco. Y las dos magníficas, claro. Pasa que las cuatro que empalma para finalizar el disco son para quien suscribe (y que el impagable hat trick free-conversation-ladies de "el otro lado" me perdone) lo más intocable y por siempre elevado del lote, tomándolo así en bloque. El doloroso lamento para terminar las estrofas de "Blue boy" (mi predilecta en las últimas, y seguramente, de la colección junto al milagro de "for free"), la algarabía comanditera de la tan y tan alegre (y popular) "Big yellow taxi", la fantasía para su "Woodstock" particular (al que no le dejaron acudir y acuñada desde percepciones ajenas) con su sentir entre el lamento y la incertidumbre (con esos coros plañideros y demás),  rematando del todo con "The circle game" y su estribillo a varias voces que nos deja con el ánimo purgado y la sensación de que éste planeta no es quizá tan de mierda al fin y a lo mejor. Volvemos entonces, y por supuesto, a escuchar las obras de la calle, al vecino porculero y todas las demás verbenas molestas de inmediato... Nos estalla la pompa de jabón solo finalizar el último surco del disco, si, pero mira... Al final, y por ateo se sea, nos ha pasado un ángel por la casa, y hasta se ha quedado un rato y todo. Y gracias siempre por ello.

lunes, 9 de abril de 2018

TARDE DE PERROS (1975)

INTRO. Como recordaba hace unas horas en otro lugar hoy se cumple el séptimo aniversario del adiós postrero del Maestro Lumet. Y, en efecto, puse mayúscula lo mismo que toda la intención. Como calva queda pintada la ocasión, y aunque poca excusa se requiera aquí para recordarle, vamos sin más con esta tan famosa "Dog Day Afternoon"... "Attica", Attica", que gritaba Pacino en uno de los más inolvidables momentos del film y en alusión directa al celebérrimo e histórico motín -en la mentada prisión- que desembocó en la infame ejecución, sin miramiento alguno, de más de una par de docenas de presos por parte de la policía... Lo dicho: historia ya. E historia ya conocida al afrontar el film,si. Pero lo que quizá no es tan conocido, al generalizar, es que el relato que se nos presenta en esta película también ocurrió realmente. Y faltaría: grotesco dispendio pollicial, exaltación desmedida de medios, cruda denuncia social, ignorante homofobia gratuita, etc... El caldo cultivado perfecto para que el buen Sidney despliegue las alas con su tan afilado bisturí, que al final no es sino un espejo de la bajeza que, mayormente, venimos a representar desde el monstruo este llamado "sociedad". Poderoso cineasta Lumet, y casi siempre interesante como mínimo (y aún desde sus referencias menos notables), que se movió especialmente como quiso en esta clase de tinglados pero, más allá de lo obvio, "Tarde de perros", su "gran carnaval" particular, sigue aguantando firmemente el carbono 14, manteniéndose incólume como una de sus mejores y más logradas cimas.

"SINOPSIS PRESTADA". Unos delincuentes de poca monta deciden atracar la sucursal de un banco de Brooklyn. Sin embargo, debido a su inexperiencia, el robo, que había sido planeado para ser ejecutado en apenas diez minutos, se convierte en una trampa para los atracadores y en un espectáculo para la televisión en directo.

A FAVOR. Cuesta imaginar a alguien más feliz que el realizador de éste largometraje cuando terminó de leer por vez primera ése guión (firmado/limado por Frank Pierson sobre novela ajena). Y lo hace porque, básicamente, encontrar algo que encaje, ya desde premisa base, con las querencias e inquietudes recurrentes de un director de cine como las recogidas en dicho texto se antoja algo como bastante complicado (y en términos de historia del medio/arte que refiero)... De hecho (por pura y dura naturaleza ideal engastada al acervo propio del cineasta), tan fuerte es el pulso narrativo, la propuesta visual, que no es de extrañar que diera rienda suelta -casi absoluta- a Pacino para hacer y deshacer a su antojo... Y otra muestra de sabiduría ello: lo de "estar atento al accidente" fue y és todo un sub-arte, sin duda (y aunque, explíquese todo, este par ya se conocieran desde la entonces todavía bastante reciente "Serpico"). Porque no nos olvidemos del todo del resto del elenco, faltaría (que, por ejemplo, tenemos al mismísimo Sr. Durnning por ahí en medio), pero el carrusel de improvisaciones del famoso actor, para este film, roza casi la leyenda... Y alguna absolutamente impagable, con el grandioso e inolvidable Cazale de por medio además (que tampoco es de extrañar, ya que este par eran colegas desde que eran unos jovenzuelos muertos de hambre tratando de cazar cualquier tipo de papel en el Off-Broadway). No veo a que alargarlo más. Ejemplo tremendo de narrativa a fuego lento y/pero siempre creciente on screen, lo mismo que (y me repito, pero pienso lo merece) uno de los torreones más claramente visibles y elevados del ya de por si magnífico Sr. Lumet... Imprescindible y todo, miren que les digo.

EN CONTRA. Que alguien se nos despiste y se quede solo con el magnífico "solo" de Pacino o, quizás, el  mero considerar este film un mero thriller más hijo de su tiempo, por puro estilo y simple tipo de relato... "Tarde de perros" es una impactante -que para nada efectista- tragicomedia, tan incompasiva como delirante, tan realista como patética, que se abre en muchas más direcciones que eso... Lumet  fue, al fin y para resumir, un monstruo en las cargas de profundidad, en el jugar entre significantes y significados. Téngase siempre en cuenta,  por favor y aún desde lo aparentemente liviano de la más plana de sus propuestas. 


CONCLUSIÓN. Sidney Lumet en su elemento más natural, con una de las interpretaciones más incontestables en toda la larga carrera de Pacino y, entre bastante más, un oscarizado guión que es y será siempre, y directamente, un tiro. Film muy famoso y manido en realidad, qué duda cabe y menos rollos (está claro). Pero (y más claro está aún) más de cuatro décadas después, las arrugas y canas han acabado haciendo de "Dog day afternoon" un señor clásico del medio como bastante indebatible y, en realidad, una obra general y  justamente  apreciada para un gran número de amantes del dicho medio. Recomendable y reivindicable siempre. Casi tanto como quien la firma, de hecho.

GUZZTÓMETRO: 9 / 10

domingo, 25 de marzo de 2018

ENCUBRIDORA (1952)

INTRO. Tercer, último y mejor ejercicio de intrusismo al western por parte del realizador favoritísimo, en la historia toda del medio, desde este espacio. No les engañaré aquí y ahora, vamos de cara, con el hecho de que (en base a las querencias propias) volcar la sabiduría on screen y la oscuridad narrativa del maestro "noir-expresionista" en algo tan avezado al sota-caballo-rey como es un western (y qué me perdonen los más fordianos de la sala, de ser necesario, pero es lo que hay) se me asemeja a algo afín a abrir una terrina del mejor caviar iraní para después hacerse un bocata con el pan de molde con el precio más "popular" del super... Tal cual. Un desaprovechar, en aras del espectáculo/pasta y a la brava, la mejor de las materias primas de manera completamente inexcusable. Con todo, qué duda cabe (y lógico, al estar ya Lang a estas alturas perfectamente asentado en el sistema de estudios), es "Encubridora" a la postre una de estas raras avis que riegan y dan mayor poso de grandeza al prácticamente inabordable acervo del realizador. Porque, aumentando lo sugerido en el ahora último paréntesis, la fatalidad y ruindad (sin olvidar aquello de los "motivos ocultos") que desfila en galeria por trama y personajes, nos traen a un Lang dentro de su "negruzco" elemento natural y, finalmente, porque el elemento "western" es aquí algo de ámbito meramente contextualizador, ya que ésta historia ofertada de contrabandos y traiciones podría sucederse con bien poco variar de maquillajes en la corte de Luis XIV o el senado de cuando Nerón (infinito -o poco menos- etc.). 

"SINOPSIS PRESTADA". Vern Haskell recorre todo el Oeste en busca del hombre que violó y mató a su prometida. Alguien le dice que quizá lo encuentre en Chuck-a-Luck, un rancho que sirve de escondite a toda clase de criminales y cuya propietaria es la cantante Altar Keane. Para entrar en el rancho sin despertar sospechas, se hace pasar por un forajido. El problema es que en ese lugar hay una norma inviolable: está prohibido hacer preguntas

A FAVOR. Cine negro disfrazado de "una del oeste" como seguramente nunca se ha visto. Tirando de un irreprochable Arthur Kennedy y, faltaría, del magnetismo inherente de una Marlene Dietrich que se come el film de un zarpazo (con su acostumabrada altivez impostada presta a quedar expuesta), y un uso del rodaje en estudio (tampoco hay exteriores aquí por raro parezca y como ocurrirá con la maravillosa -y piratera- "Moonfleet" de poco después) que sabe dar con esa medida justa de claustrofobia que el asunto pide y requiere, Lang se sobra y basta para bordar 90' más de cine a un nivel solo apto para los muy -MUY- contados y elegidos. Incómodo y árido film que se atreve además a conjurar (o "colar", en propiedad habida cuenta la época y el lugar) algo tan crudo como una violación, y posterior asesinato, claramente significado a modo detonante del hilo principal para la historia. También conviene señalar otro de los tics narrativos habituales del autor, además de la "omisión explícita" ya apuntada (recordemos que Lang es el rey de enfocar en fijo unos pies temblando, hasta el fin del estertor y para significar un estrangulamiento),  con esos "ir y venir" del protagonista que utiliza a fin de acrecentar la tensión contra-reloj de la trama... Por lo demás, aunque no recordaremos desde aquí ninguna virguería metalingüística de las suyas en forma de plano fijo generando omnisciencia para con el espectador y en contra del personaje, alguna sacada de lo suyo con el fuera de plano y algún rol que aparece de forma súbita (de "la nada", si prefieren) sí que se permite el viejo zorro. Muy recomendable en definitiva y a qué más.

EN CONTRA. Para los que les preocupen esas cosas, póngamos que la resolución del folletín no sería lo más inesperado del mundo... Aunque tampoco se qué esperaban los interfectos, habida cuenta el género: ensalada tiros al final la tiene que haber y la hay, que no queda otra (siendo ello una de esas cosas que, en efecto, me molesta -por lo abusivo y recurrente hasta la extenuación- de los westerns). Eso y, quizá, el rol de tercera "star" en discordia  otorgado a un vacuo e inocuo Mel Ferrer "más desaprovechado que Marlon Brando vestido de Don Pimpón" (Chiquito dixit en efecto y, en verdad, único tirón orejero posible al hacedor de "Metropolis" para con lo que hoy nos ocupa).


CONCLUSIÓN. Estimable Lang que, aún pasándolas más bien canutas para colarse en un hipotético top-10 de sus mejores films, consigue saltarse alegremente el etiquetaje de lo meramente "completista" en aras de su magnífica oscuridad y contundente viaje sin remedio a la perdición... "Ojalá  te fueras y volvieras hace diez años”, que le dice Marlene al otro... Impagable. En otra ocasión, si procede y por cierto, ya comentaremos que ésta película la persiguió con ahínco Lang en pos de, precisamente, relanzar la carrera de una Dietrich con los cincuenta ya rebasados pero aún en plena forma (por mucho que, de forma más o menos disimulada, ya se la empezaba a apartar para segun que funciones desde los estudios) y que, por lo visto y en oposición a ello, acabaron ambos (Marlene y Fritz) sin hablarse y haciendo la  convivencia en set imposible para ellos y todos los presentes... Pero eso, mis disculpas, es simple leyenda amarillista. "Encubridora", con la que por cierto perdemos el juego de palabras desde el original "Rancho Notorious" ("notorious" se desdobla, según acepciones, en algo "célebre", o bien, en algo de simple y llana "mala fama"),  es una señora película. Y eso es lo único que debiera importarnos al fin, está claro.

GUZZTÓMETRO: 8'5 / 10

miércoles, 14 de marzo de 2018

RECAUCHUTANDO DESDE EL EXILIO : #7. Aliens, ovejas y domingos en Madrid.


Genio absoluto. Casi inabordable, en realidad, por tan extensa en matices obra -mucho más allá del número de referencias que se quieran contar- y catálogo de posibilidades a disponer. Alguien que ha dignificado la música contemporánea como muy, muy, pocos. Tal cual y sin más. Este hombre (como Randy Newman en su registro más limitado -aunque igualmente necesario- y tan alejado) se descojona de las pegatinas habituales, rompe la baraja y se limpia lo que la gana le de con ella... No es alguien ni medio normal, mirándolo todo desde esa silla de ruedas que no es sino el más dorado de los tronos... Decodificador de muchos estilos que los profanos conocemos algo mejor a él gracias, ni que sea en pequeña medida, desde nuestra militante ignorancia. Este señor ha traducido el redil (varios rediles, en verdad) de lo específico a un plano terrestre, puro esperanto del... ¿rock?. Llámemoslo así, aunque en justicia sea más. Esto de hoy, finalmente, no es sino un conato (torpe si quieren) de acercamiento a una fuente creativa en convulsión continua con bien poco parangón en la música del último medio siglo: Robert Wyatt.

Y es que se intentará, se hará lo que se pueda, claro. Pero es jodido que por un lado debamos referirnos a este solo álbum que corona la entrada en pugna y yuxtaposición al instinto asesino de hacer un acercamiento global a un artista tan enorme y que no había aparecido por aquí antes... Rematando, claro ello, con que un mero y fugaz "acercamiento global" a Wyatt es como un flyer para la chapuza asegurada ya de arranque. ¿Cómo entender, -tratarlo ni qué sea-, un disco de este señor sin saber de su icónica y eterna relevancia progresiva?... O los dramas personales  desde su biografía... O su persistencia en hilvanar jazz, rock experimental, folkeos de todos lo colores... O sus colaboraciones casi incontables... O el que sea venerado y reverenciado entre lo más manido de toda la galaxia pop-rockera desde el año la alpargata... (exagerado etc). Algunas de esas cosas se entienden, no hay secreto en ello, echándole horas de vuelo a su obra (de alguna manera todo lo referido se hace notar en su discurso musical) , y algunas otras no es sino la respuesta lógica a la asimilación de lo que escuchamos. La propuesta de Wyatt no es de afuera para adentro... Empieza su historia con todo en su interior, a punto de estallar, y deteniendo en pause-still el momento de la detonación... Desde Soft Machine (sino antes con The Wilde Flowers), en Canterbury, con Ayers y cia a mediados de los 60's, y hasta anteayer. Y claro que no toda su obra son masterpieces, y (por lo general) su música no nos resulta apenas inmediata... Es la batalla del eterno explorador, por devoción y porque, sencillamente, no se detendrá jamás (no hagan caso de anuncios de jubilaciones anunciadas que este hombre es de "con las botas puestas" por naturaleza y sin poderse evitar). Da igual lo que pase a su alrededor: ¿qué gusta y la crítica se toca?... pues que les aproveche, ¿qué es flagrantamente ignorado/denostado?... pues ídem de lo anterior. 


Tras todo ello, sencillamente referir que elijo "Shleep" por, se admite, ser mi predilecto en las últimas de lo que se reconoce, mayormente, por su discografía en solitario estándar. En él, tras  su onomatopéyico y cándido título, se esconde un viaje con más estaciones que el Orient Express del que se extraen (y extraerán) gemas casi a cada nueva escucha. Es lo de siempre con este señor... Más allá de canciones más buenas o más malas, es capaz de encapsular el tiempo en pasajes y momentos concretos que valen por si solos lo que centenares de otros discos. Esto és así. Sin más, la alegre algarabía cósmica de la inicial de "Heaps of sheeps" da la bienvenida reforzando esa bonita portada que invita al soñar despierto y dormido. Hasta coreos que le metió a este montón de ovejas al galope en slow time.  Y sigue "The duchess"...  Y, cómo siempre, Robert tiene esa virtud única suya de acercar el jazz a la cofradía prog (aún la más militante o cerrada que piensa que ese estilo es solo para los que lo tocan y el resto es postureo), y, de la misma forma, el prog al sibarita jazzero, sea en modo free o no, de turno (que pueda opinar que cualquier forma de rock o pop es, básicamente, inferior)... Eso "lo tiene", es suyo, sí (okey)... Pero más alla de etiquetajes y huyendo de esa necesidad congénita de tantos, por no poner todos y en mayor o menor medida, por clasificar, tenemos la enésima evidencia de que este señor tiene como un acervo propio. Un género en si mismo si prefieren.  Tomemos por ejemplo esta pieza, evidentemente experimental, que le acerca a "Trout mask replica" (1969) lo mismo que, por qué no, a algún momento determinado del segundo disco de Eels (1998)... Es así. Demasiada distancia entre ambas cosas, demasiado distintos a cualquier nivel, y por ello y tras lo descrito (que és al fin a dónde se quiere llegar), realmente, ¿alguien piensa que puede limitar a Wyatt a un solo y genérico estilo?... ¿quizá a dos?...  Atendiendo además que el siguiente corte puede ser, -y és para el caso-, siempre algo distinto, otro volantazo y (sumemos todavía más) aún con las similitudes que nos hacen reconocer tan rápidamente al artista. "Maryan" es algo tan exageradamente hermoso y, a la vez, algo tan poco plano y evidente que intimida... Tiene vientos metálicos, y a la vez un limpiar escobillas casi de bossanova, hasta que asienta el liviano tono folk y lo reafirma (y lo hace cuajar) todo con unas cuerdas lloronas que desarman... Cuanta información, cómo procesar tanto... Pura emoción, mejor dejar de persistir en esbozar el menor de los sesudos análisis. "Was a friend" recupera la estructura menos inmediata (siempre en la medida posible con este músico) de la segunda pista pero, esos teclados... Ceremonial, casi fúnebre, el peso de una nota llevado al límite entre nuevos acercamientos jazzísticos. Y de nuevo el "elemento decodificador"... Nos lo traduce a los legos y hace que esa música, a veces tan complicada y retorcida para nosotros, nos abrace sin remisión. ¿Quién más puede hacer eso y ya sin entrar en toooodas las veces que lo ha logrado en su tan dilatada carrera?... Ni lo intenten que era retórico ello, adivinaron bien. "Free will and testament", antes de saltar párrafo, ya no me parece ni de este mundo... Lo dejo en un "el cielo hecho música" que comentaba hace unos pocos días en alguna red social y punto. Y esa sensación, siempre presente con Wyatt claro, de que nadie ha hecho más música para todos con la eterna paradoja a cuestas, -insaltable paradigma aquí-, de que su música "no és para todos". O eso reza el prospecto, vaya... y seguramente porque a Robert, puñetero él en su visión y arte, le importa más iluminar los rincones oscuros de la sala de baile que el siempre tan confluido centro de la misma. 

"September the ninth" sigue reforzando la idea motriz del álbum, ese leit motiv onírico que le alimenta desde la misma portada,  con otro ejercicio de free jazz reposado y esos vientos intermedios que se acercan y separan, meciendo, hasta que las voces dan el relevo para el tercio final. Otra miga de pan para el camino sin fin, vaya. Y, desde ahí, "Alien" coge el relevo para más de lo mismo que, contrariamente, no podría ser menos "lo mismo" en base a la música que se nos ofrece. Llegados a este punto, cómo no, ya hace rato que, perentoriamente, se ha dejado de molestar uno en tratar de encontrar la cantidad de géneros y subgéneros cruzados que puede meter este hombre en una sola canción... O estás para eso o te dejas llevar, está claro. Y lo segundo tiene la victoria tan exageradamente asegurada que para qué explicarlo. La más breve "Out of season" oficia de intermedio entre partes con su propuesta de folk marciano a modo embutido del bocata de Miles para la merienda. Y "entre partes", básicamente, porque las dos que vienen ahora son tan distintas entre si como con todo lo que precede... Y aunque sea ello una constante tan marcada en el habitual proceder del artista (insisto, que ni me cansa ni me pesa, que limitar a este músico a criterios progs o jazzísticos es quedarse un bastante en la superficie). "A sunday in Madrid", otra de "mis más elegidas" de la colección, es como la Incredible String Band en una tarde de vacaciones por la big city. Con su modo de incesante speech y encontrable (y hermosa) melodía instrumental de fondo encuentra a su vez, por si poco fuera, su relevo en este "Blues in Bob minor" que es, para entendernos, el momento mas "movido" del viaje y algo para lo que, directamente, no hay dinero en este plano de existencia... Y ya está bien que de vez en cuando haga alguna de estas Robert. Así deja claro que el camino, tan suyo  y tan propio, que ha elegido y le caracteriza no es óbice para que en un momento dado haga algo más o menos "estándar" y nos recuerde a todos que a completo le tosen bien pocos... aunque, ojo, se reincide en el "más o menos" (que están los teclados, percusiones y -parte de- todo lo demás, cómo no... no olvidemos sobre quien tratamos). Punto final con la tenue, espectral en verdad, instrumental de minuto y medio "The whole point of no return" que és como el final de los sueños y que, contradiciendo a su magnífico nombre, no te deja otra que volver a empezar desde el principio..."És un poco sobrecargado/hermético/pedante (etc.) este señor... no hay para tanto"... Y te lo repites -en bucle- una y otra vez... Sin podértelo explicar del todo pero tampoco sin poder evitar escucharle, al menos una última vez.  Que siempre, no quepa duda, será "otra" y no "la última".


Definitivamente ya, lo dejo en que para mi (y muy humildemente) Wyatt és, sea ciñéndonos al disco hoy destacado o generalizando (uno de esos casos tan contados en la vida donde ello no incurre en error), como ese libro enorme, gigantesco grimorio mamotretómico, con en el que uno se pelea siempre... Lo aparca, lo recupera, lo abraza y lo repudia... Hasta que, finalmente, te sobreviene la risa al entender, al fin, que el muy puñetero te ha vencido en tu puta cara y no te diste ni cuenta. ¿Alguna vez han jugado al ajedrez contra alguien que realmente, pero realmente (no de boquilla o gratuita jactancia), "sabe" de ello?... Ese momento en que, contra todo pronóstico, resulta que en verdad no tenías control alguno y, de inmediato, sabes que nunca lo tuviste... Robert Wyatt es, con perdón, el cabronazo Maestro de los cojones que esboza una casi imperceptible, afable y muda sonrisa al otro lado del tablero.



Robert Wyatt - "Shleep" (1997) : 10 / 10

01. Heaps of Sheeps/ 02. The Duchess/ 03. Maryan/ 04. Was a Friend/ 05. Free Will and Testament/ 06. September the Ninth/ 07. Alien/ 08. Out of Season/ 09. A Sunday in Madrid/ 10. Blues in Bob Minor/ 11. The Whole Point of No Return.