lunes, 16 de noviembre de 2009

UN PEZ LLAMADO WANDA (1988)

SINOPSIS: Un cuarteto de atracadores planea dar un gran golpe en la joyería Hatton Gardens de Londres. El robo es un éxito pero sólo George, el jefe de la banda, sabe dónde se encuentran las joyas, y está recluido en prisión. Wanda, la única mujer del grupo, comienza a seducir a Archie, el abogado defensor de George, con la esperanza de sonsacarle el escondite del botín. El grupo se completa con Otto, un siniestro psicópata admirador de Nietzsche, y Ken, un tartamudo que tiene en su casa una pecera con animales exóticos, entre los cuales siente especial predilección por uno llamado Wanda.

Desde el punto de vista del seguidor acérrimo del mundillo éste del cine cuesta de digerir que el señor Charles Crichton (finado a finales de la pasada década) sea más recordado como creador de la archifamosa y multipremiada serie “Urgencias” que como cineasta y director al que facturar dos comedias tan redondas y cojonudas (y mediando más de tres décadas entre ambas para más inri) como “Oro en barras” (1951) y la del título de hoy. Claro que, “desde el punto de vista del seguidor acérrimo...”, cabe admitir que la tele y sus series -por cojonudas que están puedan llegar a ser- siempre (o prácticamente) será algo así como el hermano tonto del cine, y nada ni nadie nos hará rebajar un ápice en nuestra intransigencia (de hecho no es motivo de debate... el cine cuando logra hacerse bien se eleva tan por encima que la comparación produce risa e indignación a pares, y punto castañas).
“A fish called Wanda” es una peli que hasta el Tato se sabe de memoria (lo que es putada y bendición al unísono a la hora de ponerse a escribir sobre ella). Fue todo un hit en su momento y (como ponía en el post anterior) aún hoy se recuerda mayoritariamente con cariño y, más importante, aún se la aprecia y valora sin reservas con el pasar de los años (me gustó con trece cuando la ví en el Cine Urgel de BCN, me gustó igualmente con veintitrés y, en efecto, me sigue convenciendo, hoy y desde luego, a punto de dejar los treintaitrés). No, no estamos ante una “masterpiece” (ni de lejos) indiscutible de esas, queda claro, pero quizá por esa vitola de comedia clásica que atesora, medie quien medie, su encanto permanece intacto donde tantos y tantos miles de productos absurdos con cuatro chistes (que pretenden pasar por “comedias” -insisto en lo del post anterior-) se la han pegado de morros cosa (muy) mala.
Vamos con los “secretos” del exitoso (a todos los niveles) film y, ahí -obviando la labor del Sr.Crichton-, la cosa va de nombres en general y de intérpretes en particular.
Unos secundarios muy afinados como Tom Georgeson y Maria Aitken en los roles respectivos de el jefe del golpe (que no lo és para nada, como se descubre a las primeras de cambio) que detona toda la trama y la ultrapija e insufrible esposa del buen abogado encarnado por... vayamos por partes, si. Porque en esta categoría de destacarse a alguien por encima del resto, debemos quedarnos con la “cándida” viejecita Patricia Hayes que verá morir uno tras otro a sus adorados yorkshires, logrando a su vez algunos de los gags (uno de todos los tipos de humor existentes que, en efecto, hallaremos por aquí en mayor o menor medida, aprovecho para añadir) más recordados del cocido.
Jamie Lee Curtis siempre verá entredicha su auténtica capacidad como actriz por motivos gratuitos que, básicamente, no vienen al caso (el haber sido una scream-queen de esas de la mano de Carpenter años a, el ser hija de quien és -en ambas posibilidades-, el no haber logrado jamás que nadie apostara claramente por ella en un papel dramático de cierta entidad...). Lo que nadie le discute, o nadie que no cometa un ejercicio de autoengaño especialmente contumaz y malsano, es su infalible bis cómica y, en efecto, aquí queda exprimida como en ninguna otra parte. Es un papel divertido de narices (joder, como que es la propia Wanda -aunque no sea la Wanda que da nombre al asunto-) y, además, la faceta sexy que hace perder la chaveta a quien se le cruce no rechina ni para atrás (de acuerdo, tiene la cara más similar a su padre que a la señora de la ducha pero... “las pielnas de joligú” lo han sido durante dos décadas por algo, qué narices). Kevin Kline, del que me apresuro a decir que no sería uno fan precisamente, venía de hacer mandangas de medio pelo y aunque se admite que sus “logros” posteriores a esto no le convierten precisamente en el heredero de quien de la gana mentar de entre los tótems masculinos del cine de antaño, su Otto es intachable. No se le puede echar mierda por mucho que uno se empeñe. Su excesiva y explosiva interpretación (que por cierto y como es bien recordado, le valió el Oscar de marras para a quién le interesen esas jerigonzas) no merece -que tampoco pasará- caer en el olvido. Turno para el primero de los dos Python: Michael Palin (“nobody expects de spanish inquisition”) y su tartamudo Ken... Esto es fácil: impagable, en toda la extensión del término. Sus perricidios involuntarios, la tortura a la que se ve sometido, sus andares “tochorros”... Teniendo la mitad de la mitad del metraje que los otros tres actores principales se le recuerda por igual (y eso, como mínimo) sin problemas. ¿Qué le vamos a hacer?... Es de estos tipos que surgen muy de vez en cuando cuya mera presencia, por algún tipo de conjuración esotérica que no se acierta a concretar, ya hace descojonarse a más de uno. Claro, que cuando se juntan cinco así de golpe y se ponen a trabajar juntos el asunto ya empieza a alcanzar cotas de “milagro”... De hecho, solo ha pasado una vez en la historia (hace poco más de cuarenta años en
Gran Bretaña) y, de hecho puestos a rizar el rizo, aquí -en “Wanda”- también aparece el único de aquél grupo que posiblemente se pueda destacar, ni que sea un mínimo, por encima del resto: John Cleese... del que soy tan honesta y brutalmente fan que hasta lo he puesto en el lateral del blog a la altura de algunos que, según se mire, motiva mi expulsión directa del planeta por hereje y blasfemo. Pero es que, para más huevos y para la ocasión, esta peli es por encima de todo la fiesta de Cleese (quien además de co-protagonizar el film, firma en solitario la autoría del guión). Se podría destacar cualquiera de sus apariciones (y de verdad que lo del baile en bolas hablando en ruso o el robo impostado a la mansión son la reoca en patinete, pero coñe, es que son TODAS en definitiva). Monumental la labor cómica de este hombre (no cabía otra se puede argüir, pero ahí queda eso... por enésima vez).
El resto de características, de cualquier índole, en el film ni destacan ni ensombrecen nada, pero es de lo que se trataba... es una comedia de las buenas, de las de siempre, de esas que se alimentan de todo tipo de humor como escribía antes pero, sobretodo, de esas que se cimentan, por encima de lo demás, en la creación y recreación de unos personajes bordados con descacharrante cirugía de principio a fin. Comedia en estado puro (y, aquí si, me refiero al género cinematográfico).
A FAVOR: sus actores (y tronchantes trabajos) y su guión que seguirán pareciendo “sobrevalorados” a unos pocos aguafiestas pero que, por suerte, seguirán divirtiendo lo indecible mientras existan aparatos reproductores de video a un incontable e indefinido número de individuos de todo el mundo.
EN CONTRA: que el (torpe y regulero) intento de recrear el tema, con más o menos el mismo personal, en la bastante posterior “Criaturas feroces” saliera rana... Que, pienso yo, es de recibo admitir (de ahí solo se salva Cleese -no podía ser de otra manera- y el resto ni pa caldo). Y eso, en retrospectiva y de cara a según que gentes -malintecionadas y oportunistas porqué si-, pueda echarle vinagre a la cojonuda “Wanda” pero, también... que pena de ser así.
GUZZTÓMETRO: 8/10

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