viernes, 15 de septiembre de 2017

LA OCTAVA MUJER DE BARBA AZUL (1938)

INTRO. Lo de que Billy Wilder tenía colgada en su despacho de trabajo una placa que rezaba en ella "¿Cómo lo haría Lubitsch?", para inspirarse cada vez que le sobrevenía una duda, es (en efecto) una de las anécdotas más sobadas y manidas del mundo del cine. Sin duda. En cualquier caso, tenemos en liza con ésta película de hoy, y precisamente, a ambos dos... A los dos más grandes y mayores genios de la comedia que Hollywood, o el cine americano en general (y aunque ninguno de los dos lo sea), haya proporcionado jamás al mundo (y con todo el perdón del mundo a los adoradores de los Capra, Cukor, Edwards o Allen -relativo etc.-, entre los que en mayor o menor grado también me cuento), en su primera colaboración. No alargo más éste epígrafe. Si ello, dicha barbaridad más que obviable para cualquiera que ame y conozca un mínimo medio y arte (y su historia),  no es reclamo para acercarse al film (en caso de no haberlo hecho nunca), me temo que solo me queda recordarle que la temporada de petanca está presta a comenzar, o bien y por qué no, espetarle directamente: ¡Venga a la calle, que esos pokemons no se van a cazar solos, canalla! (o similar).


"SINOPSIS PRESTADA". Michael Brandon es un millonario malcriado y mujeriego que ha tenido siete esposas, todas atraídas por su fortuna. En una tienda de la Riviera conoce a Nicole de Loiselle, pero en un principio ella le rechaza. El caso es que Nicole, hija de una familia de nobles franceses venidos a menos, decide, a instancias de su padre, aceptar finalmente la proposición de matrimonio de Brandon, pero deja claro que lo hace sólo por su dinero... 


A FAVOR. Que Claudette Colbert (una de las grandes estrellas de la etapa "dorada" de Hollywood) puede devorar éste y cien roles iguales antes de desayunarse es algo de cajones, de la misma forma que todo el plantel de secundarios (con un jovencísimo Niven a la cabeza) rema aquí a favor de la comedia en las formas que convendría esperar. La sorpresa, para quien no conozca el film (obvio), estriba mayormente en éste poco reconocible Gary Cooper, tan alejado de su hierática -a veces incluso pétrea- expresividad con la que tantos le suelen asociar... Y error, claro, Cooper demuestra aquí con holgura que podía hacer el payaso como el primero y sin problema... bajo la batuta adecuada. No es que, nadie se confunda, se convierta de pronto aquí "el que enfrenta peligros solateras" en una especie de proto-Lemmon (por ejemplo), pero Lubitsch sabe utilizar su porte y severa expresión para llevarlo a donde quiere con muy certero resultado (y para hacer eso tienes que tener un actor, no un póster, y Cooper -además de "estrella"- sin duda que lo era). También, cómo no, saca el realizador gran partido de la acostumbrada colisión que se da en el tan ágil  guión, donde la sofistificación por montera de Brackett se da de leches con el enredo y enjundia natural de ese pequeño genio llamado Billy Wilder (que el propio Lubitsch pidió que le ficharan bastante antes que, el a posteriori también legendario director,  tuviera la primera y tan ansiada oportunidad de ponerse detrás de una cámara). Y es que, en síntesis, estamos ante una película que, a pesar de las circunstancias que los anacronismos varios puedan generar vista hoy, no deja margen posible al error. Las partes involucradas son demasiado, así en general, para que se incurra en ello... Y siempre, una y diez mil veces, se ruega reparen en la estructuración y andamiaje logrados por este Maestro. Vean más allá de épocas y tics o maneras de ellas completamente deudoras. El proceder, la manera de plantear los films (en puestas en escena, cadencia narrativa o  curva de desarrollo de personajes) de Lubitsch es algo que se vio en este planeta en 1938 y que, está claro, seguiremos viendo el año que viene (y en adelante), en distintas comedias de ámbito netamente narrativo (no de gags) . Recomendable siempre. Como, de hecho, cualquier lección del hombre que firmaría, cuatro años después del film que hoy nos ocupa, la mejor comedia en el 7º Arte que (al menos yo) haya visto nunca.

EN CONTRA. No sería la primera vez, ni la última, que Wilder (uno de los mejores guionistas -que no sólo director- de Hollywood y no en una década concreta sino, directamente, en la historia y con perdón por la obviedad) dispensaba un "final feliz" de forma abrupta, o incluso forzada. Finales muy positivos de forma inmediata, sin duda, pero también netamente lo que hoy llamaríamos "casuals" (que servían a la postre más para cerrar a negro la obra que otra cosa), y cuya continuación más allá -dos días después, por ejemplo- ya no asegura del todo dicha "felicidad" para los protagonistas y sus cuitas/alegrías... Lo que es correcto, sin duda, desde la perspectiva que tratamos sobre el cínico por antonomasia del medio y su historia. Sin embargo, para el caso nos ocupa, en un comedia avezada a todos los públicos de 1938 y producida por los Grandes Estudios eso pasaba, inefablemente, por algo abusivamente edulcorado  (y aún que lo sepas de antemano y lo veas venir desde antes de plantearte siquiera ver/rescatar el film). Por supuesto, en esta película, se concitan dos de los mayores grandes genios del Cine (así, con mayúscula) y este detalle con la conclusión sirve meramente para que de forma completamente zafia, repelente y tiralevitas un enteraillo de a duro la docena, como quien suscribe, le quite el punto que diferencia un obra excelente de la pura y dura "masterpiece". Sólo para eso ya que, en definitiva, es algo cuya acepción depende por completo de donde ponga cada uno el umbral de la empatía al ponderar épocas y amabilidades en los puntos de vista propios.


CONCLUSIÓN. Cooper y la Colbert en pantalla, el duo Wilder-Brackett a la máquina de escribir y, por encima de todo, la maestría del gran Lubitsch , configuran -sin posible debate- éste clásico que encaja ni hecho a medida con el consabido epíteto de "delicioso". El realizador exprime hasta dejar seco el ingenio wilderiano (Brackett estaba más siempre por los contextos y el aspecto externo y verosimilitud de personajes -que no es poca cosa, no medie ninguneo-), con ese réplica y contra-réplica constante que definirá en años venideros al hacedor de perdiciones y apartamentos (dentro o fuera de la comedia, vaya), y plantea un relato que si bien blanco imperial y/o falto de auténtica mala  uva si se quiere, funciona como un tiro desde su misma primera secuencia, a costa de pantalones de pijama y vendedores paliza de gran almacén. Con o sin final denodadamente azucarado (y en resumen), "La octava mujer de Barba Azul" sigue siendo un ejemplo más de estructuración inmaculada por parte de su irrepetible ente firmante cuyo eco, está claro, no desaparecerá jamás del todo mientras haya la cosa ésta del cine (¿se han fijado que sino la totalidad de sus films, prácticamente todos "los Lubitsch" tienen varios remakes, convenientemente avezados -o no- al tiempo que toque?... no piensen que es casualidad, en efecto). Y es que, en definitiva, lo de "el toque Lubitsch", que encontraremos en todo libro o enciclopedia (y más) de la Historia del Cine que se nos cruce en ésta vida, no es porqué sí. En mármol y para siempre ello.

GUZZTÓMETRO: 9 / 10

2 comentarios:

  1. Genial descripción de una comedia que va más allá de ese género. una obra de arte casi casi perfecta. Es también una de mis pelis en general favoritas. Que veo una vez al año. Porque un hombre no puede comprarse solo la parte de abajo de un pijama?...........que gran entrada para el film.
    Esa nota que le da, es justo la que le doy yo también.
    Un saludo

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    1. Coincidencia plena, pues. Y si bien es cierto que Lubitsch iba a reventar el "talentómetro" ya del todo con ese milagro irrepetible que es "Ser o no ser" antes de un lustro, tanto ésta de hoy como "El bazar de las sorpresas" siguen siendo (para mi al menos) los otros mejores y más contundentes vestigios del monstruo que fue.
      Saludos !

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