lunes, 26 de febrero de 2018

CASINO (1995)

INTRO. Cómo olvidar, en su época, la expectación generada por aquellos jugosos trailers que precedieron al film. O también, aquellos posters  con el triplete De Niro-Pesci-Stone, mirándonos desde casi todas las esquinas de la ciudad... Además, tampoco cabe engañarse: la onda expansiva de la maravillosa "Godfellas" (de un lustro atrás en el tiempo pero aún bien presente) acababa de redondear por completo el tema, llegada la hora de que "Casino" se aupara, por todas las legales, hasta lo que hoy llamaríamos el "must be" de temporada.  Tales eran las desmedidas ganas de ver éste film que, en efecto y se confiesa sin problemas, a algunos hasta nos dio por autoconvencernos (y durante un tiempo, al menos) de estar ante una grandeza que, desgraciadamente, jamás existió en realidad... Y si personalizamos, está claro, podría argüir -aquí y ahora- aquello de que no es lo mismo la entusiasta visión de una esponja humana de veinte añitos que la de un cínico, y ya mucho menos impresionable, cuarentón. Pero ni por esas. Ya entonces la sensación de estar ante algo "fallido", por toneladas de maquillaje hicieramos mediar aún desde la más trillada de las retóricas de a granel, existía. Y el tiempo, implacable y certero como el más fiable de los jueces que -casi-  siempre será, no ha hecho sino horadar en ello. Hoy día veo a "Casino" no ya como algo que, por supuesto, no sostiene la menor de las comparativas con algo tan excelso e irrepetible como "Uno de los nuestros" (y aún por tan obvias formas y modos compartan) sino que, además, me parece un sonado paso atrás desde la siempre reivindicable, y en verdad deliciosa (y para que uno escriba algo así de un film donde aparece Day-Lewis ya les aseguro que la cosa debe ir mucho más allá de un mero "recomendable"), "La edad de la inocencia" que precedió, en la filmografía "scorsesiana", al largometraje que hoy nos ocupa. Podría rematar epígrafe con alguna jerigonza del tipo "Casino apostó fuerte y perdió de la misma forma", si, pero tampoco es eso plenamente... Tiene sus activos, pese a todo, y Martin Scorsese (está claro) no sería precisamente un pinta-monas, por lo que rara vez dejaremos de aprender algo con él al volante... Pasa que aquí hay que esforzarse un poco más de lo que debiera y, desde luego, ser un algo benevolente también.


"SINOPSIS PRESTADA". Las Vegas, 1973. Sam "Ace" Rothstein, un profesional de las apuestas, es el eficaz director de un importante casino que pertenece a un grupo de mafiosos. Su misión es controlar el funcionamiento del negocio y garantizar que la corriente de dinero que va a parar a manos de sus jefes siga fluyendo. Las Vegas es un lugar ideal para millonarios y políticos, pero es también lugar de paso de tahúres, prestamistas, traficantes de drogas y matones. Un día el violento Nicky Santoro, al que sus jefes han encargado que cuide de Sam, llega a Las Vegas con la intención de quedarse.


A FAVOR. Lo complicado, así de entrada, de no comulgar con algo con bastante aceptación popular (como es el caso nos ocupa), es que parecerá siempre, inefablemente y para muchos, algo parido desde la pura bilis de forma absolutamente gratuita... Y, por mucho me esfuerce, me temo que al final va a dar igual que me dedique un rato a señalar las bondades de una obra a la que en definitiva, se sabe/se conoce, al final acabaré atizando con mi tan ponzoñoso y lego proceder. Pero es que dichas "bondades" en "Casino" no serían poca cosa  precisamente. O mejor dicho, sí son poca cosa por cantidad pero, atención, nunca (!ni hablar de ello ¡) por calidad. Traducido: lo poco de bueno que hay en "Casino" es, directamente, gigantesco. Y lo resulta porque, básicamente, es la parte que "toma prestada" desde "Godfellas": ritmo borbotónico y sin compasión medie para el primer tercio de film (quizá algo más) a base de voces off de sus protagonistas, maestrías de cámara de todas las formas que prefieran (puro ballet, de nuevo, en algunos lances) y, por supuesto (aunque también, por desgracia, solo de forma cruelmente parcial en ésta referencia), ese calor y alegría interna que solo un "gran maestro" del medio y arte puede proporcionarnos a los amantes del cine cuando sentimos que, en efecto: "el cabrón está de dulce"... Todo ello subrayado, cómo no en el caso nos ocupa, con una soundtrack de las de hacerle el pasillo del campeón varias veces. ¿Dónde radica el problema pues?... Ahora vamos a ello, no se dude, pero a modo avanzadilla: pues radica en la descompresión, la frenada tan marcada y anticlimática de todas esas cosas tan buenas (exceptuando músicas) que se da llegados a cierto punto del largometraje. Y para no remontar jamás. Eso sí, el episodio con James Woods fetén. Eso tampoco se lo quite nadie.


EN CONTRA. Pues que cuando termina ese algo más de fantástico primer tercio de film o, siendo generosos, la justa mitad del mismo (nunca más allá de ello), las costuras empiezan a sufrir cada vez más y sin reculación posible hasta su, ya netamente indiferente, conclusión. El personaje de De Niro pierde por completo su interés, el de la Stone evidencia que en verdad jamás lo tuvo y, finalmente, el de Pesci acaba tan perdido en si mismo que acaba por alcanzar el agotamiento, el hastío, por pura hipérbole continua... Algún fan irredento del cineasta podrá, si le viene en gana, esgrimir ahora la lanza de que eso es sabiduría y conocimiento del medio (sin más), ya que el ritmo narrativo lo marca, a su vez, los distintos estados y circunstancias de sus protagonistas hasta hacerse uno, ambas dos cosas... Pues no oiga, no compro. Digo más: y una polla, hasta aquí podíamos llegar. ¿Acaso, en la otra ("la buena"), el personaje e historia de Liotta nos dejó de interesar un ápice cuando el ritmo frenético se detuvo?. Que Scorsese es un maestro, se insiste, no seré yo quien se siente siquiera a debatirlo por simple y dura obviedad. Pero si la caga pues, caray, la cagó y los sofismas subjetivos mil del acérrimo, a fin de excusar lo inexcusable, me los pone en una bolsita que se los daré al perro, muchas gracias. Y, ojo al tanto, que podría hacer más sangre... Así por ejemplo: ese final del rol de Pesci y su hermano , tras una historia firme y mejor apuntalada (o sin un bajón tan sonado al menos -y hablamos de un mínimo de 90 de sus 180 minutos prácticamente, que esa es otra-) hubiera sido un clímax dramático final bastante memorable, sin embargo, siguiendo del páramo argumental que lo hace, se me antoja algo efectista y barato -sino gratuito- sin más (una brochada bien gorda que despista, y hasta epata, sobretodo al venir de quien lo hace). Y hay bastantes otras, si, pero aquí que me planto. Y es que te debo demasiadas horas de alegría en mi vida, Martin, no te lo mereces en definitiva.




CONCLUSIÓN. Dicen malas lenguas (y/o plumas) que Martin volvió con fuerza a su vieja costumbre de mirar espejos de mano muy de cerca y demasiadas veces al día en algún momento de éste rodaje ('chas gracias, Robbie, cabrón). Y, en efecto, llegado a cierto momento de su singladura, y como ya hemos señalado antes, "Casino" parece caer en una especie de calma-chicha, plomiza y anodina sin fin...Y vale, ok, Martin es de los que rueda, y enfrenta cada escena, siempre con el montaje (de Thelma Schoonmaker en éste caso, como en tantísimos otros) ulterior en la cabeza sin responder, necesariamente, lo que va rodando con el órden cronológico que pertoca desde el metraje, pero...¡ Pardiez !, qué fácil resulta aquí liarse con cábalas de en que momento está por "lo de los espejos" un pelín de más o de menos. Por hacer algo distinto, y para la ocasión, rubricaré hoy de forma un tanto antropológica: el espectador de Casino es feliz; el espectador de Casino disfruta; el espectador de Casino ya no se lo está pasando tan bien de repente; el espectador de Casino  se empieza a mosquear un poco; el espectador de Casino bosteza; el espectador de Casino se aburre horrores sin saber muy bien cuando ha empezado a suceder ello; el espectador de Casino se ha dormido... Buenas noches.

GUZZTÓMETRO: 6 / 10

jueves, 15 de febrero de 2018

LAS PLATEADAS BODAS DE "CHOPPIN"

Aniversario musical insaltable el de hoy y aunque sea mayormente por gratuitos (y hasta fatuos si se quiere) motivos autobiográficos. Y no, no es que le haya puesto una "p" de bonus al apellido del célebre compositor decimonónico polaco ni mucho menos. Estamos, así ahora de golpe, en el primer semestre de 1993 (de ahí el metal en cuestión del título de posteo, obvio), a finales del cual servidor alcanzaría la mayoría de edad y con la banda de Kurt Cobain sonando hasta en las alcantarillas. Por aquel entonces su mendidad ya había empezado a leer el Ruta 66 hacía algunos meses, ya me habían pasado alguna cosa de Sonic Youth, el famoso cassette con los singles ochenteros de REM (cuya "pérdida de religión" también había saltado la banca no hacia tanto) era moneda corriente y, por supuesto, uno ya estaba en modo repelente con lo de "los Nirvana molan pero son una imitación descarada de los Pixies" (¿o es que acaso creían que lo mío fue de un día para otro?, pues ni hablar: el troll no nace sino lo otro). En dicho contexto, sin venir a cuento, uno se encuentra escuchando la radio (no recuerdo el dial, perdones mil por ello -porque además no hay gratitud suficiente en la galaxia que pueda otorgar a ello-) cuando el locutor anuncia que va a poner una canción de unos tal Dinosaur Jr... algo así como "star shopping"... "Coño, esto puede estar bien". Había leído algo en la ya mentada revista sobre la formación (y siempre en términos de recomendación profesa), el nombre J Mascis era recurrentemente mencionado y, ojo, que hasta conocía el dato de que tenían una especie de himno generacional dentro de ese espectro difuso que entonces era llamado "rock independiente" (que era "Freak scene", por supuesto, pero ni reputísima idea en aquellos momentos). Pues nada, cinta virgen y a darle al "rec" en cuanto el pollo de turno deje de cascar...

(Y aquí quedaría bien poner algo del tipo: 
epifanía: nombre femenino 1. formal. Manifestación de una cosa.
... pero, por suerte, yo paso mucho de estas pijadas)


"Start choppin' ", -"empezar a cortar"-, arrancaba (en clara confrontación a lo que viene a referir título y letra) con un par de guitarras, sin acompañamiento alguno, bien saltarinas y alegres. Entonces J empezaba a cantar con su habitual marchamo de supercampeón interestatal de las resacas en una competición acotada sólo a personas realmente resfriadas... Lo que nos lleva al tan famoso "horrible falsete" (por lo exagerado e imprevisto) que de alguna manera caracteriza también la canción (y que hacía que mis progenitores se descojonaran a espuertas cada vez que la ponía en aquel Seat Ronda, por cierto). Sin embargo, ay, pegado a eso, de seguidilla (sin coma ni punto mediase)  empezaban, por encima del resto de la carcasa de la canción, unas notas guitarriles emblemáticas, majestuosas y limpias como las inmortales cinco de la "dulce Juana" de Lou... No sé si acabé de escuchar el solo o ya me tiré directamente a la calle para coger el metro hacia la calle Tallers con mis entonces adolescentes y muy modestos ahorros, para resumir. En la segunda tienda... "Aquí está el cabrón !" (en cedé y junto a otro con dos caras esbozadas a carbonillo bajo chillón fondo amarillo -"pues vaya mierda portadas hace ésta gente", pensé entonces para mi y hoy se lo confieso también en primicia-), que resolvía con mi ya clásico poder deductivo habitual tras repasar tracklists ("¿"start choppin"?... va a ser esto, si"). Tras pagar lo que me pareció una pasta abusiva me vuelvo para casa maldiciendo cada parada de metro que cometía el imperdonable crimen de recortar segundos a mi plan maestro... Quizá, por algún tipo de fuerza holística o algo, mi subconsciente ya intuía que lo que llevaba en la pírrica bolsita de plástico era mi primer disco comprado de lo que, al fin, sería con el tiempo mi banda favorita ever en esto del rocanrol (y qué San Strummer me perdone)... A saber. En cualquier caso, antes de "Choppin" (que terminaba con una fade out en pleno "solo putámico retuerce-entrañas" -praxis repetida por J en bastantes ocasiones de su carrera... vayan hasta "Watch the corners" del penúltimo disco a modo ejemplo rápido y si gustan-), estaba la magnética y sulfúrica "Out there" y después (atención) "What else is new", que fue la que me subyugó ya del todo y para siempre... Y bueno, aquí está el enlace con la reseña -de hace ya algún tiempo- en la casa del para mi vital más que totémico "Where you been" y a qué más... Si "la eléctrica" es al fin, tirando de la madre de todos los tópicos, el instrumento estrella en la historia toda del rock, aquí empezaba mi romance con el guitarrista que más veces, simple y llanamente, me ha emocionado (por técnica, por matices, por virtuosismo, por volumen, pero, sobretodo, por puro y duro sentimiento vertido desde la ejecución). Y punto jurásico.

La verdad, para terminar, es que no sé si estoy ante el LP que más veces he escuchado en mi vida hasta momento presente, de la que por cierto no recuerdo un solo día sin dedicar ni que un mínimo momento sea a escuchar música. Pero, como ocurre con "Marquee moon", el "Harlem Sq." de Cooke, "London Calling", "Doolittle", el "NY" de Reed o alguno de Costello, es absolutamente imposible que no esté en el top-10. La duda es inexistente a ningún nivel, sin más. Y todo empezó con un "falsete horrible"... y una guitarra que en justicia debiera sonar en mi responso.

lunes, 12 de febrero de 2018

EL TESTAMENTO DEL DR. MABUSE (1933)

INTRO. Último film -y segundo sonoro- de la primera etapa alemana de Lang. Film que, de hecho, no llegó a ver estrenado el primordial realizador (el más primordial de todos en esta casa, como ya se ha apuntado alguna que otra vez) por motivos de censura y tras la ya legendaria reunión con Goebbels en la que el jefe de propaganda nazi le "invita" a trabajar para proyectos del régimen en exclusiva... Historia, sin más. Lang le da a entender al nazi que "ok, fenomenal todo" y tal cual sale de su despacho se va a su casa, empaca todo lo que logra empacar a toda prisa y, venga, anchas son las germanias. Parada técnica en Francia para repostar y, se mire por donde se quiera y ya en el segundo lustro de los 30's, Hollywood ingresa al fin en sus filas al más brillante y multiangular "director noir" nunca habido (y, ya puestos, género éste el predilecto antes que ningún otro en este lugar desde tiempos inmemoriables... con lo que, evidente, los posibles cabos sueltos sobre la fascinación profesada, hasta la pura devoción, para con el cineasta hoy nos ocupa se atan solos). En cualquier caso hoy toca la secuela de su Dr. Mabuse de 1922. De nuevo sobre la novela de Norbert Jacques y co-guionizando a cuatro manos con su segunda esposa Thea von Harbou (con la que ya no convivía desde hacía algún tiempo y cuya simpatía para con "el partido" era, siendo suaves, bastante más acusada que la de Fritz).

"SINOPSIS PRESTADA". Al inspector Lohmann lo llama por teléfono un antiguo miembro del Departamento de Policía para denunciar un caso de falsificación. Sin embargo, antes de que pueda testificar y revelar los detalles del delito, se vuelve loco a causa de un atentado. Las investigaciones de Lohmann en seguida lo conducen hasta el doctor Mabuse, pero el famoso criminal hace años que está recluido en una clínica mental, cuyo director, el doctor Baum, es un eminente psiquiatra que se ha dejado fascinar por el genio de Mabuse y por su legado: una especie de testamento donde describe el camino que hay que seguir para fundar el Imperio del Crimen.

A FAVOR. Dos horas más de "masterpiece" a cargo del cineasta capital del expresionismo germano de la mano con Murnau (superándolo holgadamente en cuentas propias, eso sí, y ya con otros maestros como Pabst y Wiene siguiendo de bien lejos). No creo que se deba añadir mucho más llegada la hora de recomendar o no el film en cuestión. Están todos los guiños paradigmáticos del autor: cámara fija con acción fuera de campo (por aquello que aprovechando contextos alguien que sale realmente asustado de una habitación genera mucha más inquietud que lo explícito); colección de planos poliangulares marca de fábrica; metalenguaje que pone en ventaja a un u otro personaje (y mucho antes de que Sir Hitch nos sermoneara con sus bombas bajo sillones, por supuesto); turbamultas cargando como rebaños; crítica social através de distintos estamentos... Sin olvidar, para el caso, que mucho antes de que el "género negro" fuera acuñado como tal en el cine (y todavía en el mudo) este hombre ya había definido varios de los modos y maneras que lo definirán en el futuro, con lo que (evidente) siguiendo tras lo ya aprendido en "M" (que estamos en "ese nivel" de maestría, si) la cristalización lograda sumerge al espectador sin remisión por décadas y más décadas pasen. Y también, que no debe omitirse ello, Lang ya presentó (y aquí mejora lo indecible) a un serial killer mucho antes que nadie, por lo que la fascinación por el personaje, tan omnímodo como presuntamente ausente, que presta título es, además y por si mismo, otro de los casi incontables activos aquí ubicables. Sumemos ahora el innegable carisma del castigado inspector Lohmann interpretado de nuevo -desde "M"- por Otto Wernicke; o el tenso momento de mafiosos encerrados ante su sino (¿qué dicen que inventó Hawks no se cuándo?); el episodio de la pareja cautiva ante su insolucionable fin (ídem de lo anterior) que revienta con el pasaje pseudo onírico de la inundación; las contadas pero sobrecogedoras apariciones espectrales del "monstruo" invitando sutilmente a un elemento fantástico que solo al final sabremos si es tal o no... Muchas cosas, demasiadas en definitiva... Sencillamente Lang és demasiado bueno. Abusa. He aquí otra muestra.

EN CONTRA. Solo una cosa. Como ocurría en su inmediatamente anterior y célebre "vampiro", ciertas interpretaciones pueden incurrir, ocasionalmente, en formas propias de la aún tan cercana en el tiempo "etapa muda". Por lo que alguna teatralidad exagerada enfrentada al nuevo medio, todavía en test para todo tipo de intérpretes y cineastas,  puede chirriar -muy injustamente... y delatando al desconocedor de la más mínima historia del medio de manera ipso facta en el proceso, además- al, póngamos (generosamente), incauto.


CONCLUSIÓN. Solo puede ser una: si a ud le gusta el Cine (así en mayúsculas y atendiendo a su condición artística sin despreciar, necesariamente, su vertiente de entretenimiento aunque  sin rendirse jamás de los jamases de pleno a esto segundo por entero) vea y disfrute éste film hasta sorberle el puro tuétano. Y no una vez sólo:  a discreción. No queda otra. Fritz Lang, en su film anterior, filmó la mejor secuencia que he visto en mi vida desde este medio/arte de largo (los para mi eternamente insuperables primeros 7', tras los créditos de arranque, de "M") y, faltaría, desde una de las mejores películas que existe desde siempre (y ya que se ponía, qué cosas y además, cambió para siempre la historia de dicho medio/arte en modo y forma)... "Das testament des dr. Mabuse" es (para simplificar hasta la pura estulticia si se quiere, pero también para terminar por hoy) una magnífica y más que digna continuación de aquella, desde su casi inmaculado e imprescindible opus. Obligatoria, vaya, que meramente "recomendable" es de insulto aquí.

GUZZTÓMETRO: 11 / 10

miércoles, 7 de febrero de 2018

SUPERCHUNK / "What a time to be alive" (2018)

Qué sí, caray, consta que no sale oficialmente hasta el 16... Pero poco me importa ahora mismo delatar, por mera deducción inmediata al alcance de cualquier acelga, los "poco elegantes" modos que llevan a mi adquisición ya activa. Total, me lo compraré igualmente y a buen seguro el señor de Merge, el propio MaCaughan, me lo perdonará sin duda ni que sea por aquello de la fidelización del cliente.


Muchas ganas se le tenía a esto. Fíjense que a mis siete samurais recurrentes desde lo que, -en plena consciencia de lo tan prosaico del proceso-, suelo denominar "mi rollo" -Hüsker, Mats, SY, Dino Jr, Pixies, REM y Yo La Tengo- las tres formaciones que sumaría para completar el hipotético top-10 también están más colocadas que los Wailers en semana santa, esto és: Pavement, Afghan Whigs y, obviamente, estos Superchunk. Cada uno por unos motivos, no solo admitiendo sino disfrutando desde siempre lo indecible de las tan obvias diferencias entre ellos (y a las diez formaciones que me refiero). Los hacedores del imprescindible "No pocky for kitty" y demás, por su parte y que es lo que hoy toca, han corrido un camino similar al de algunas de esas otras formaciones, si: el del regreso inesperado (o poco menos). Bien, pues sin llegar a lo inalcanzable en dichas circunstancias de Dinosaur Jr (¿acaso alguna formación "ha vuelto" con todo -y mejor- que ellos en la historia toda del Rock?) y al igual que ocurre con la banda de Dulli, lo cierto es que el regreso de Superchunk, desde su "Majesty Shredding" (2010) y hasta hoy con el flamante estreno nos ocupa desde cabecera, nos resulta a algunos una de las mejores noticias desde tiempos ya acusadamente remotos en esto de las guitarritas... (y espero sepan apreciar lo muy de puntillas que he pasado por encima del "regreso de los duendes", por aquello de omitir comparaciones hirientes).

"What a time to be alive", vayamos ya al meollo, es de entrada su disco más claramente poderoso (sí, ese creo que es el término definitorio) desde el mentado "retorno". La síntesis de la mayor inmediatez pop de "Majesty Shredding" con ese ligero virar hacía sus formas primigenias del ahora penúltimo "I hate music" del 2013 (uno de los mejores títulos de disco de toda la singladura rockera, directamente). Ambos trabajos, por supuesto, muy bien recibidos por el fan, más desde el sabor agridulce del que, pénsabamos, iba a ser su disco de despedida: "Here's to shutting up" (2001), el único trabajo de estudio que, quizá por su desacostumbrada limpieza y algo descolocante carencia de octanaje (en ellos, entiéndase), afea un algo su, por todo el resto, irreprochable discografía. Pero insisto, volviendo a la novedad de temporada y a la actualidad rabiosa, en lo de "síntesis" del par de álbumes que preceden. Pues si bien "majesty", por bien funcione (que lo hace, posiblemente su trabajo más "amable" de la mano con "Come pick me up"), podía acusarse un algo de "excesivamente pop" aún a  pesar de integrar claramente las formas cómunes del combo, también "music" podía recibir el mismo trato por aquello de lograr el músculo y el tono pero no (o no del todo) las canciones... Menos rollo: con todas las puntualizaciones se crucen en el proceso, uno tenía las tonadas y el otro el sonido, y atendiendo siempre (primordial ello) a que partimos de una premisa claramente pejiguera, pues ambos dos se nos antojan ampliamente satisfactorios a los fieles. Pues bien, éste "what a time..." se asemeja a lo que resultaría de juntar ambos dos en una sola masa uniforme de plastilina, para después sacar la lija del catorce y empezar a pulir por todos lados... Con perdones mil por la gratuita astracanada metafórica, pero tal cual se lo explico.


Fijarse, ya de entrada, que el nivel de autoconfianza ha sido tal que hasta se han permitido dejar fuera algo como esa magnífica "Up against the wall" que complementaba (superando, de hecho) al single de adelanto "I got cut". En cualquier caso, y en escasos 32', la banda se las apaña para cubrir de una u otra manera todo lo aportado en su obra reciente en sus mejores formas, lo mismo que para rememorar algunos tonos remotos de su siempre reivindicable (y necesaria) obra noventera. Hay un par de arreones efervescentes y rebuznados en un minuto,  concesiones pop evidentes como la invencible "erasure" (o no tan evidentes como en "break the glass"), y si "all for you" nos recuerda por tono a momentos de la nostalgia sepultada en electricidad de "Indoor living", "bad choices" entraría sin mucho problema en la mayor densidad austera de "Foolish". Mención a parte para las "kitteras", perdón (ok), "Reagan youth" y especialmente "dead photographers" (mi predilecta de la colección, vaya) y, está claro, todo ello perfectamente embutido entre el emblemático tema titular de inicio (¿lo contamos ya como clásico suyo aunque no haya salido el disco?, ni que sea por innovar y porque lo será sin duda y en definitiva), y la tan brillante como bonita -y "replacementera" en su acepción menos incendiaria- despedida del "black thread". Resumen de despedida (que ya lo ponía hace bien poco en alguna red): "!! Qué putámicos y fiables siempre los Superchunk !!"... Recomendable a todo dios e imprescindible -como poco- para los fieles.  Y fin.

viernes, 2 de febrero de 2018

SONIC YOUTH / "The Eternal" (2009)

Ya es tener lo que te dije que el "disco de guitarras" que más he disfrutado, dejando de lado todo lo ofertado por Dinosaur Jr (obviamente, por ser la banda favorita del espacio), y más  me ha arrastrado al huerto sin remisión posible en todo lo que llevamos ya de milenio lo tuvieran que venir a hacer todavía los puñeteros Sonic Youth. Tal cual. "The Eternal" (2009), si, con esa feucha portada que se asemeja a una potada de Galactus y su tan rimbombante y pomposo título (que bien poco les pega, medien ironías o no, ya puestos).


Resulta interesante (o me pasa a mi, vaya) la manera en la que llegan a éste, su último studio album de su -con permiso- "discografía estándar" (que todavía les dio tiempo, antes de la disolución, para hacer una banda sonora de un film francés... y por cierto, aprovecho, acoto con el entrecomillado que precede porque si nos liamos con todas las aventuras y mandangas paralelas -juntos y/o por separado- de esta gente nos falta vida para acabar de mentarlo todo). Si repasamos, aunque someramente sea, la leyenda de la formación, queda bastante claro que aquel épico "mar diamante" que cerraba su básico disco de la lavadora (estamos a mediados de los noventa ahora, si), hacía también lo propio con su etapa de máximo esplendor, arrancada con "Evol" de -prácticamente- una década atrás en el tiempo. Una bien generosa ristra de trabajos que, para resumir, nos significan a muchos (o a muchos más de los que quizá pareciera) una de las sagas más felices y nutritivas surgidas desde cualquier momento y lugar del medio nos ocupa. En cualquier caso desde ahí, precisamente, lo "experimental" empieza a trascender abiertamente a lo "rockero" en su singladura (los dos pilares que sustentan el chiringuito, y que en su derecho estaban). Todavía tenemos a los SY de siempre,-para entendernos rápido aunque pequemos de simples-, en algunos momentos del posterior  "A thousand leaves" (1998), que se multiplican en el ya neomilenario (y altamente reivindicable) "Murray St." (2002), diáfano ello. Pero, recordando de nuevo que esto se explica desde la premisa de su "discografía estándar" en todo momento, no será hasta la dupla de los notables (y también recomendables) "Sonic nurse" (2004) y "Rather ripped" (2006) donde la banda vuelve a practicar, abiertamente, sus formas más recurrentes y reconocibles... O casi. Porque aunque los añorados modos y las mentadas formas regresan, faltaba algo que no por más mundano dejaba de ser básico para una banda de rock de las que se cuentan entre las mejores de siempre (y Sonic Youth, pique lo que sea a quien lo haga, lo fueron): los himnos. Y es que por mucho que "molen" por concepto o se hable de martingalas mil  (con formas deconstruidas y demás) a colación de su discurso, ésta gente son lo que son mayormente por "Teen age riot", "Dirty boots", "Sugar Kane" , "Catholic block" y demás gemas (que son legión, para más inri). Esto és: su vertiente menos encriptada (procuro evitar usar lo de "accesible", me transmite cierta soberbia siempre... y con éste personal de por medio todavía más). 


Bien, pues eso explicado al final del párrafo que precede se "soluciona" a lo bestia (a lo megaburro) en "The eternal". Posiblemente su disco más inmediato desde y junto a "Dirty". Y es ahora que aclaro eso de lo "interesante" me resulta su fecundación y presentación. Que con todo lo transgresores que fueron, con lo anticomerciales que en general resultaron o, también, con lo combativos e incorruptibles se nos autopresentaron de principio a fin de su existencia como banda (y con razón plena, nadie se despiste), decidieran concluir el camino con un brindis soleado, tan claro tan apenas disimulado, a esa vertiente "menos encriptada" de su discurso que antes refería, me resulta motivo para quitarse todos los sombreros del planeta al unísono. Y uno, visto hoy en perspectiva y como fan, se puede autoengañar aduciendo que hicieron este disco de despedida "para nosotros"... Como festín, como bacanal final. Pero, de forma más y mejor acusada, se transpira que no es sino un pocas veces más merecido ejercicio de "autohomenaje" lo que aquí rige. Como si, sentados en un banco del parque y viéndolo jugar al frisbee, se dieran cuenta con indisimulable orgullo del insaltable monstruo de pantagruélicas proporciones que había resultado su historia y que estando como estaban,-de alguna manera intuyéndolo (sino sabiendo ya de facto)-,  en la curva que precede a la última recta debían pisar gas. Ya hasta el final y del todo. Se recoge la energía del par de discos que anteceden, se aplica a todo lo que les quedaba dentro (-sin desmerecer, ruego atención, lo que han venido realizando a posteriori por separado... Lee está en una forma estupenda, por ejemplo y a tenor de su obra solateras posterior-) y desde ahí, sin más, salen las barbaridades de canciones que salen... Y ni tan siquiera voy a destacar una en esta ocasión, lo que pienso de este disco -y de principio a fin- ya quedó reflejado en el primer párrafo de la entrada (a qué más). "The eternal" és, muy fácilmente, uno de los mejores cinco discos de Sonic Youth, lo que le convierte en Historia del Rock. Punto. Cualquier racionalización a posteriori, cualquier destacar pétalos favoritos,  se asemeja irremediablemente a la redacción de la vaca que realizan nuestros pequeños al volver de la excursión en la granja. Todo lo que debe transmitir lo tiene y en unas formas que hacen música del más húmedo de los sueños de cualquiera de sus seguidores: inquieto, misterioso, adictivo, retorcido, único... Así es "The eternal".


No sabíamos, no sospechábamos entonces que esto iba a ser el consabido "cante del cisne" (y para ir finalizando ya también el texto presente). Pero a la postre (que no pinta a otra cosa tras la ya bastante lejana separación de Kim y Thurston) así ha sido. Y no podría haber sido mejor. La banda que pervirtió la llamada "no wave" neoyorquina de los últimos 70's (y cercanías) para reinterpretarla en su ya clásico "noise rock" generando, en el proceso, el hecho de convertirse en la última banda de la historia rockera toda que, desde el clásico formato "guitarra-bajo-batería", aportó algo realmente nuevo, distinto y necesario. Y hasta día presente. "The eternal" es al fin, por todo ello y más, un disco magnífico lo mismo que un documento imprescindible en la leyenda rockera. Un último ruedo y una última lección donde Thurston, Lee, Kim y Steve (-y el "pavement" Marc Ibold, para la ocasión-) nos enseñan cuán gratificante, por difícil resulte de asimilar ocasionalmente, es extraer belleza de la suciedad y rescatar armonía desde el caos. Y  quizá no cabía otra viniendo de ellos, los hijos "velveteros" más constantes, si. Pero no es algo que se asemeje precisamente fácil y, desde luego, ellos lo lograron como bien pocos. Quizá más veces que nadie. Por eso son eternos. Y qué le follen a Galactus.