viernes, 13 de abril de 2018

JONI MITCHELL - "Ladies of the Canyon" (1970)

Que "Blue" fuera como fue, y como siempre será, no tiene mayor misterio a poco nos asomemos un algo a la génesis de sus circunstancias. Mitchell tiene un milagro, que no voz, embutida en esa laringe de cristal bohemio con la que quien toque vino a bendecirla cuando la parieron. Únicamente Simon y Drake (y quizá Elliott Smith a pesar de su espectro más limitado, por ese estar casi exclusivamente "atado a la tristeza"), en las cuentas propias, pueden competir en términos de delicadeza con la canadiense. Esto es así. Por mera extensión de ello, el monolítico "Blue" tan atado al desengaño de su apenas otrora idílica relación con Nash lo mismo que a un anhelo de libertad incontenible, lleva al límite de sentimiento e intención a "esa voz"... Resultado: uno de los mejores discos que podemos escuchar en este plano existencial sin debate medie. Y esto también es así.  Sin embargo, hoy prefiero acercarme a su antesala, igualmente nutritiva para quien suscribe (y obviando que la primera década en la carrera de ésta mujer es la locura que és, al abarcar su obra de estudio): Ladies of the Canyon (1970).

Engastado en el ecuador del mejor decenio de la historia del rock ( con toda la retahíla de subgéneros a encaber), el tercer disco de Joni Mitchell venía a apuntalar y reafirmar un talento que ya entonces era destacado y señalado a ultranza. Volvía a ser "más de lo mismo" al ponderarse con su -también ilustre- par de predecesores, pero a su vez se las apañaba para "seguir creciendo". Un protagonismo denodado del piano como instrumento principal, unas ciertas dosis de mayor alegría, cierta desvergüenza bienvenida (recordemos que a Joni -se ha explicado bastantes veces- le horrorizaba la idea de cantar en público en los primeros compases de su carrera, y aún por tan celestial le saliera después el tema en la praxis activa) o, también, tímidas variaciones desde la mera estructura de alguna que otra canción (seguramente, los consabidos pasos de bebé para con su encontronazo jazzístico de no tan demasiado después). "Ladies" da, visto también hoy en relecturas a posteriori, marcado poso de abrirse de fuera para dentro. Ya no es ""solo"" (ruego atención a las dobles comillas) y definitivamente una voz angelical cantando sin atreverse a mirar al público, acústica en ristre. En cierto sentido, además, me casa bastante con la "New morning" dylanita (mi favorito del Maestro para los restos y con la blasfemia implícita que conlleva o pueda conllevar) de ese mismo año de edición. Ambos tienen y viven por siempre adscritos a ese sentimiento de abrir ventanas a una alegría, tan pura y honesta, como antes y/o después demuestran (y sobretodo transmiten) igualmente al acercarse a otros tipos de relatos. Se hicieron otros tótems maravillosos aquel año en clave más o menos folk (vayan "Sweet baby James" o "Tea for the Tillerman", a modo ejemplo rápido), pero el encontronazo soul del de Duluth y el adiós definitivo al "timoratismo" -aunque sea más de tono y espíritu que de mera forma si se quiere- de Joni (que cada uno a su manera y con sus armas se alejan un algo en mayor o menor grado de los tópicos más recurrentes de ese mismo "folk" que, por contra, sin ellos -sin su trabajo previo- no se entiende de ninguna manera) vuelan demasiado alto para todo el resto. Al menos para mi y siempre, obviamente, desde esas reposadas y tan cercanas formas.

"Morning Morgantown" parece querer desmentir ya desde su inicio todo el rollo macabeo descrito antes sobre las mayores aperturas de miras aquí ubicables y en relación a su obra anterior. Sin embargo entra el piano enseguida y, en resumen, se trata todo a un estar atento al juego de incremento en matices dispuesto (no creo que nadie espere "Whola lotta love" abriendo un disco de la Mitchell por otro lado, vaya). Además, es tan bonita que qué narices importa nada al fin... Casi tan bonita como "For free", que es de esas cosas de escuchar de rodillas con las que de mucho en demasiado nos oferta el mundillo éste del rocanrol, el folk, el pop, o lo que la real gana les apetezca. De hecho, esto va  a ser un continuo y me temo que cualquier cosa que escriba no va a resultar sino un ahondar en la evidencia más gratuita se pueda imaginar... Me quedo con todo. Con los "tirirí" de final "Conversation" y los "dururú" que acunan al tema homónimo (qué buena que és, qué voz... y qué letras, claro, no se obvie ello). Le dedica la tan cremosa "Willy", de forma apenas disimulada, a Graham y despide la primera cara con ésta "The arrangement", jugando una vez más con lo mínimo desde las teclas y dejando que sus tan acostumbradas y reconocibles posibilidades vocales carguen casi íntegramente con el peso de la canción (y atención ruego para lo casi esquizoide del contraste entre lo romántico sin ambages de una y lo terriblemente desolado de la otra). Al darle la vuelta al vinilo te encuentras con "Rainy night house", donde se matiza en nostalgia la decepción hecha almíbar de la que se viene desde el final la otra cara. Y también con "The priest", con la acústica desenfundada como único acompañamiento y donde se reserva una de las lyrics más tremendas del disco. Y las dos magníficas, claro. Pasa que las cuatro que empalma para finalizar el disco son para quien suscribe (y que el impagable hat trick free-conversation-ladies de "el otro lado" me perdone) lo más intocable y por siempre elevado del lote, tomándolo así en bloque. El doloroso lamento para terminar las estrofas de "Blue boy" (mi predilecta en las últimas, y seguramente, de la colección junto al milagro de "for free"), la algarabía comanditera de la tan y tan alegre (y popular) "Big yellow taxi", la fantasía para su "Woodstock" particular (al que no le dejaron acudir y acuñada desde percepciones ajenas) con su sentir entre el lamento y la incertidumbre (con esos coros plañideros y demás),  rematando del todo con "The circle game" y su estribillo a varias voces que nos deja con el ánimo purgado y la sensación de que éste planeta no es quizá tan de mierda al fin y a lo mejor. Volvemos entonces, y por supuesto, a escuchar las obras de la calle, al vecino porculero y todas las demás verbenas molestas de inmediato... Nos estalla la pompa de jabón solo finalizar el último surco del disco, si, pero mira... Al final, y por ateo se sea, nos ha pasado un ángel por la casa, y hasta se ha quedado un rato y todo. Y gracias siempre por ello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario