martes, 2 de octubre de 2018

CAMPANADAS A MEDIANOCHE (1965)

INTRO. Resulta importante, a modo premisa de arranque, señalar que dar completamente por cierta cualquier declaración del gran genio que hoy nos ocupa (y desde las docenas de documentos  desde los distintos medios que aún se conservan) és inefablemente caer en el riesgo de incurrir en la dura y pura falsedad. Orson Welles amaba, abiertamente y con devoción, el engaño y (es bien conocido) se vanagloriaba de ello hasta el punto de sublimarlo en "arte"... De hecho, él se consideraba por encima de todo un "mago", por la obsesión y fascinación natural que la distorsión de lo real le producía. No deja de ser paradigmático (y hasta cachondo), en dicho sentido, que el film donde Welles nos resulta más honesto consigo mismo sea "F for Fake", con todas sus láminas de embustes y falsedades en tropel (un fullero, que no se escondía de serlo sino todo lo contrario, contándonos de manera deliberadamente tramposa una historia de fulleros... fantástico claro). Explicado todo ello, es fácil encontrar documentos donde el genio, ya en los últimos años de singladura, sacaba pecho de forma especialmente denodada con dos de sus obras: "El cuarto mandamiento" (esa maravillosa película -rotunda "masterpiece", para docenas de miles entre los que me cuento, en realidad- que todavía podría haber sido más... "si le hubieran dejado") y, obvio, el film que hoy nos ocupa. Atropelladísima producción hispano-suiza de los mid 60's; fusión de varias obras shakesperianas cohesionadas para la ocasión;  rodada en diversas localizaciones españolas con reparto de varias nacionalidades  y... En fin, busquen en wikipedias y/o similares si gustan, que información de (y sobre) éste largometraje concreto tenemos para aburrir al mismo tedio. Eso sí, y con perdón por lo gratuito: "Campanadas a medianoche" (como por ejemplo ocurre en "Con la muerte en los talones" o "Centauros del desierto", y aunque en verdad -al ponernos pejigueros- sólo se limite a retirar el "Falstaff" del título original) me resulta una muy acertada manera de trasladar el título del film a nuestro idioma... Apuntándome siempre, por ser así de cabrito y tal, a cualquier ronda en eso de poner a parir las incontables "traducciones licenciosas de títulos de pelis a la lengua cervantina" habidas en la historia, justo me parece que cuando al revés ocurre (o me lo parece a mi al menos en ésta ocasión, vaya) no debe quedar ello exento de aplauso. 

"SINOPSIS PRESTADA". Inglaterra, Guerra de los Cien Años (ss. XIV y XV). Enrique IV, primer monarca de la dinastía de los Lancaster, en 1399 le arrebata el trono a su primo Ricardo II. Adaptación de varias obras de Shakespeare: "Enrique IV", "Enrique V", "Las alegres comadres de Windsor" y "Ricardo II".

A FAVOR. Cuando, aunque ocurra de mucho en mucho ello, la respuesta a esas mayúsculas que preceden de forma inmediata puede ser "todo", la labor (y en contra de lo que pueda suponerse a priori) se me complica un tanto... Y en esas estamos hoy, claro. Las interpretaciones (con el milagro on screen, que ya no mera actuación. obrado por el propio Welles por delante y encima de todo lo demás) son magníficas, el tono tan marcadamente árido de interiores y exteriores (que nadie se haga lo suyo un lio con el tema de "necesidad manda" desde el rodaje, por favor) casa de dieces con el relato por completo, la estructura narrativa (premiada en más de un lugar, ya puestos) es directamente genial y sin más... ¿Quizá la música de Angelo Francesco Lavagnino -funcional y correcta, sin mácula a encaber- podría haber sido más "épica" o prestar un leit motiv más emblemático, puestos a buscar un agujero por pequeño sea en el zurcido?... ¿Y para qué?, me preguntaría... Welles es un maestro de caracterizaciones de personajes y ángulos de objetivo, lo mismo que un domeñador de estructuras muy personal en lo narrativo. Un concepto como "épico" desde la partitura que debe acompañar cualesquiera de sus obras, donde siempre busca acompañamiento "casual" y certero (a la par) por encima de subrayar o someter nada, le es tan extraño y antinatural que, en cierto modo, parecería incluso un elemento irónico (sólo el trabajo de Hermann en algún momento muy concreto de Kane o, ya forzando bastante, el de Mancini en Sed de Mal, y sólo "quizá" habida cuenta la fama de sendos films, podrían emularse a ello... aunque, atención ruego, siempre por querencia de los cinéfilos varios en lecturas a posteriori que por intención desde el origen, me temo). Que no hay de donde rascar, vamos... Buscarle problemas a ésta "Falstaff" de Welles son, en síntesis, ganas de tocar los huevos porqué sí y no hay otra. Que sí, que sale el maestro Gielgud, la Moureau, la sñra Rutherford o Fernando Rey (y demás, sin olvidar a Keith Baxter); que a Orson le encantaba mucho España; que engañó hasta a Satanás para tirar esto adelante... Lo dicho, tienen material para dormirse sobre la creación de ésta obra, pero (y ya para terminar apartado) vean y revean éste film siempre, hasta la misma extenuación, aunque únicamente sea por la simple y mera labor interpretativa del propio Welles. Culpable de que, sin ir más lejos, cada vez que piense en William Shakespeare llevado a la pantalla la primera imagen que inefablemente me viene a la cabeza es su oronda y sonriente cara con un cazo a modo corona. Impostada, cómo no.

EN CONTRA. Nada. Por mencionar algo, únicamente estaría el hecho (muy volátil y presto a no dejar este epígrafe en blanco mayormente) de no caer en la trampa de perderse la formidable película ofrecida -sin más-, en pos del embelasamiento (bastante lógico por otro lado, si en verdad se ama la historia de esto de los focos y las claquetas) por la inagotable galería de triquiñuelas, de todo tipo (tanto en producción, como en ejecución y/o montaje final), en las que se vio inmerso el artista para terminar su obra... Que por supuesto, está claro y lo que sigue a lo siguiente también, darían no ya para otro film sino, directamente, para una serie de su plataforma digital favorita. Y de varias temporadas, además.


CONCLUSIÓN. Bien sencilla en realidad. Si desde la dirección de este espacio resulta del todo incomprensible cualquier listado, top o chocarrada de misma índole, con los 10 mejores realizadores de la historia del medio/arte con la ausencia de éste señor que nos ocupa y, a su vez, nos hemos enfrentado hoy a una de sus cuatro o cinco referencias más incontestables... Pues nada, háganse uds mismos las cuentas que salen solas. Para quien suscribe, la mejor interpretación de Shakespeare en cine que existe está aquí y, de la misma forma, la mejor interpretación actoral de Orson Welles habida en toda su carrera está aquí también. Obligatoria clase de cine e imperecedera obra de arte, no veo a qué alargarlo más.

GUZZTÓMETRO:  10 / 10

viernes, 28 de septiembre de 2018

REIVINDISCABLE : "Moonhead" / THIN WHITE ROPE (1987)

Incrustados por lo general en ese cajón de sastre ochentero del "american underground" (Dream Syndicate, Green on Red o The Feelies, a modo ejemplos y para entendernos rápido), Thin White Rope dejaron un reguero de cinco discos dispuestos en poco más de un lustro (desde 1985 hasta el 91, concretamente), para desaparecer después en una especie de inmerecido olvido que, para resumir, no procede. De ese quinteto de obras, unas mejores que otras -según gustos, faltaría- pero todas buenas, "Moonhead" suele reseñarse y consensuarse como la niña más bonita y necesaria de su singladura... Y aunque -por supuesto- el tema es matizable, la verdad es que media comprensión. Es, en definitiva, el más cohesionado y alejado de altibajos de sus trabajos de estudio... Amén de un elepé de reputísima madre.

TWR (que queda más guay y me canso menos) fueron fundados por dos guitarristas Guy Kyser y Jozef Becker, siendo escritos y cantados la mayoría de sus temas por el primero, y su sonido tan influenciado por aquella enseñanza básica del maestro Reed (que Verlaine y cia entendieron más y mejor que nadie) donde se evidencia que lo que importa es el peso de las notas más que la cantidad de ellas, logrará infaliblemente y sin esfuerzo las delicias de un tipo de parroquia concreto... TWR de hecho sólo tienen el "problema" único y también concreto de haber surgido dramáticamente poco antes del momento en que su estilo y formas hubieran encajado con los tiempos que corrían ("The Gun Club 2.0", para quien lo quiera aprovechar). De hecho vendrían a ser un puente perfectamente válido para cosas tan dispares (o quizá no tanto como pareciera a priori, al menos) como Urge Overkill, Buffalo Tom y hasta llegar a los Archers of Loaf, y su inercia -visto hoy en perspectiva- sería un tanto afín a la de los Screaming Trees (o es la que podría haber sido de no haberse disuelto y si se me quiere entender), en el sentido de que, por mucho Lanegan medie, hasta que no estalló el pelotazo "grunge" su discurso no empezó a ser reconocido a unos niveles más, póngamos, "globales"... Quizá si su último disco ("The ruby sea"/1991) hubiera integrado una "nearly lost you" otro gallo les hubiera cantado... Una lástima. Mayormente por la cuenta que hubiera traído a sus cuentas corrientes. Por suerte, para nosotros los usuarios, queda la música. Y ahí esta gente, no se dude, puntúa bastante alto.


Centrándonos ya en su "almendra lunar" que reza en título, y previniendo que lo áspero y poco dado a la cucamona del registro de Kyser es de esos que entran o no (particularmente me encantan este tipo de voces/propuestas más o menos aguardentosas -y lo de éste señor tampoco es especialmente extremo en este sentido-), recomiendo ya sin reservas este disco a todos los buenos fanes del insigne Sr. Wynn y su banda habidos en el planeta. El estilo tortuoso de primeras del tema inicial, "not your fault", con el contrapunto entre lo arrastrado de la voz y la adictiva oscuridad del apartado instrumental (con sus poderosas y fuzzeras guitarras y demás), marca el tono perfecto de todo lo que vendrá. La sabiduría a la hora de presentar la más reposada, en contraste al resto, "thing" tras el stonerismo distorsionado del final de "take it home" y justo antes del inmersivo -y prácticamente instrumental- tema titular del álbum, tiene su valor a considerar seriamente. Con todo el catálogo ya dispuesto de alguna manera, desde ahí solo queda señalar las predilectas de quien proceda, sean más rápidas a lo "come around" o más calmadas al estilo de "waking up"... En cualquier caso, perderse en la opresiva e incompasiva propuesta de "Moonhead" se antoja, en ésta casa al menos, algo recomendable y necesario. Cualquier "velvetero" (y/o fan de sus más insaltables exégetas) de pro, sabe que extraer belleza del lodo es más necesario para el alma que el "niño bonitísimo" fatuo y gratuito, condenado (tarde o temprano) al olvido por lo siempre fungible de la premisa madre... Además, el vacile y chulería de terminar con un cover del bluesman Jimmy Reed ahí quede también. A modo colofón, señalar finalmente la obviedad de que (nos jodió)  no estamos con "Moonhead" ante un "Marquee moon" o un "The days of wine and roses" de la vida (eso son trabajos en mármol, de los de once in a life time que decía Byrne), pero sí ante un compañero de viaje que no por maldito y menos legendario deja de ser apreciable, y bastante más que meramente válido. Por todo ello (e incluso un poquito más) creo que, de no conocer disco y banda, merecerían ser éstos claramente reivindiscados por sus partes.

viernes, 14 de septiembre de 2018

NICK DRAKE - "Bryter Layter" (1970)

Cualquier seguidor melómano que, además, presente un cierto interés en aquello que se viene a denominar "ciencias del comportamiento", tiene en Drake uno de los pináculos más insaltables llegada la hora de ponderar la tragedia que, desgraciadamente, deriva a veces de la sensibilidad pura de un artista/"ente creador"  al chocar ésta con el reverso comercial del asunto. Muy pocos ejemplos más diáfanos, y a toda la historia de la galaxia refiero, podemos hallar puestos a reconocer a un artista cuyo exagerado talento natural termina por castigar el plano físico de la existencia propia. Tal cual. Desde ahí, a colación de la persona nos ocupa, podemos tratar de perdernos en un irremediablemente equivocado ejercicio de relativismo (hermenéutica garrafera para todos los públicos... "pasen y vean") donde términos como "depresión" o "enfermedad" se repetirían, mínimo, cada par de líneas. Y reducir a alguien tan necesario, tan único y ubicable como siempre será Nick Drake a un estereotipo pseudo-psicológico, de los de a dos duros tres docenas, no parece muy respetuoso. Y no lo parece porque, básicamente, no lo és. 


Hoy trataremos mayormente el disco que reza en cabecera por la tan mundana y simple razón de ser el favorito, en las últimas, para quien suscribe. Aclarado esto, cualquier persona que les indique,-por contra a ello-, que el predilecto es el que antecede o, de la misma forma, el que sucede, incurrirá en otro acierto igualmente pleno e indebatible. Esto es así. "Five Leaves Left", "Bryter Layter" y "Pink Moon", son tres astros inderrumbables condenados a brillar por siempre y que no admiten socavación o ninguneo posible. Qué poco trabajo cuesta pensar en Kurt Wagner (como ejemplo de incontables) alucinando al borde del Stendhal la primera vez que se enfrentó al disco de estreno donde se descubre que la aridez y lo cálido pueden ir de la mano contradiciendo todos los apriorismos habidos; o también, imaginar a Elliott Smith (lo más parecido a Drake sin ser Drake que nos ha dejado la historia hasta hoy) destrozándose por dentro al son de la oscuridad de la luna rosácea y decidiendo al fin despedirse, de una puñetera vez, de sus compas de Heatmiser para empezar a volar en solitario... Pero, lo ya escrito, hoy nos quedamos en la segunda parada. Y con el disco que, según testimonios varios, más fastidió grabar a su autor...

Siguiendo desde ahí, resulta curiosamente sencillo ver en "Bryter Layter" una especie de boleto directo al fatal desenlace postrero de persona y artista... Joe Boyd, padrino y productor, parece tirar la toalla con Nick viendo el inexistente esfuerzo del bardo a la hora de encarar los más mínimos y básicos conceptos adscritos a la promoción tras su grabación. Boyd, quien está, por ejemplo, detrás del advenimiento de bandas avezadas al folk tan referenciales como Fairport Convention (de hecho, el propio Richard Thompson fue uno de los varios músicos que aportaron su talento en éste trabajo) o la mismísima Incredible String Band, se va a hacerse las américas y el músico pierde su único vínculo de confianza (y cortafuegos) con toda la parte que más detesta, y de la que más recela, del mundillo éste de grabar discos y demás (de hecho se suele hacer causa-efecto con el adiós del "tutor" y la devastadora oscuridad de buena parte de "Pink Moon")... Pero nadie se equivoque con esto, importante y por otro lado: no procede, desde ningún ángulo, culpar al histórico productor del resultado final de éste cuento (más bien lo que procede es darle las gracias hasta la afonía, ya puestos). La fatalidad de Drake es una suma de muchas pequeñas cosas que estallarían, al fin, en otra demasiado grande e irreducible.  


Visto de otra manera, que al final termina en lo mismo: si con una barbaridad como "Bryter Layter" el músico no está por la labor de darse a conocer y medrar en la industria (a la que para más inri parece temer, y cada vez más, como al diablo y toda su familia junta), ¿qué cojones se puede hacer ya?... Se sabe que Drake dio mucho por el saco en la grabación (le molestaba bastante la proliferación masiva de producción en algunos pasajes) y tan siquiera la ocasional presencia de un monstruo como John Cale mitigó plenamente el descontento del músico. Como comentaba en el primer párrafo, intentar entender lo que sucedía en la cabeza de Nick Drake es algo, en propiedad, simple y llanamente imposible. Pero contrastar la belleza extrema, desatada y absoluta, de lo que escuchamos con lo que encontramos (recurrentemente) en la biografía es algo muy -MUY- perturbador. Un anticlimax inexplicable, cercano al terror. De esas cosas que te hacen muy pequeño y delatan lo poco que sabemos en realidad, de forma luctuosa y feaciente, del infinito juego de transmisores con el que venimos de fábrica y sus posibles triquiñuelas. "Bryter Layter" (que hace referencia a un término propio de los partes metereológicos pero en inglés antiguo -y que por lo visto refiere a algún tipo de broma privada-) es una sucesión de cuerdas sutiles y vientos suaves envolviendo el etéreo registro del siempre llorado juglar. Un disco que arranca cada una de sus dos caras con una delicada pieza instrumental  y que, para resumir, "sigue desde ahí" (en modos y alma) con todo el resto, y hasta despedirse (al final ya de todo) con otra a juego más . Es también, cómo saltárselo ello, el trabajo que incluye la belleza ya completa hecha canción que es la archiconocida (al menos para todo melómano de bien que se precie un mínimo) "Northern sky"... a su vez, lo más parecido a un ""hit"" (atención a las dobles comillas) que jamás viera editado en vida el autor. Aunque, faltaría, destacar una canción concreta de la vidriera ésta catedral resulta, se quiera o no de admitir, cuarto y mitad de  ordinario (sin horadar más y a modo ejemplo, justo antes de "northern", hemos escuchado una también legendaria "Poor boy" que auna tenues coros gospel, marchamo jazzístico de manual y folk acústico en su vertiente mas clásica, todo ello como quien se quita la pelusa el ombligo). "Bryter Layter", para terminar (porque, como el otro par suyos, es uno de los discos más preciosos que existen y no tenerlo controlado es como morirse un poco de ascopena cada día que pasa sin que ello ocurra... que no tiene más esto), resulta en definitiva la obra de un genio irrepetible, aceptando que hay más personas vivas en la tierra que no son él y de forma especialmente marcada... O más que en ninguna otra parte, si se prefiere. O si gustan, e igualmente,  también podemos asumir tan inolvidable disco como en el tópico del pequeño roedor que cruza la carretera de noche y se queda helado ante las repentinas luces del coche que viene de cara... Que, cierto ello, quizá no salgamos muy bien parados nosotros al extrapolar la fábula (nos toca el rol de la alimaña, está claro), pero el vehículo que integra esas luces incluye a su vez un talento único e imperecedero que, aunque siquiera lo pretenda en modo alguno, nos pasará por encima. Para siempre y de forma inevitable. 

sábado, 8 de septiembre de 2018

HELLBOUND: HELLRAISER II (1988)

INTRO. Tras otro parón considerable, no voy a tener el cinismo de utilizar lo de "veraniego" en un espacio donde los "parones" son contumazmente elevados a puro arte, quisiera anunciar aquello de "se vuelve por todo lo alto con"... De verdad, qué sí. Pero, ay, sería mentir de una manera tan flagrante que hasta a mi me da un algo de apuro. Tampoco me parece "Hellbound" lo peor de la vida, me apresuro a aclarar (en lo suyo y a lo que juega sigue siendo una referencia más o menos apreciable, aún tras filtrar pros y contras finales). Pero, está claro, vuela bastante por debajo de lo que vendría siendo el concepto "a lo grande" y tal... Lo de hoy pues, en efecto, responde más a una deuda anunciada y pendiente desde ya hace varias entradas de blog que a otra cosa. Sea como fuere (encaremos ya el asunto), ésta nueva entrega de las correrías de Pinhead y cia (estrenada al año siguiente de la primera) continua habitando de forma directa bajo la sombra del creador del folletín, Clive Barker, aunque desde guión ajeno nos opere. Y si bien es cierto que, igualmente, el realizador también es otro para la ocasión (y muy regulero y se nota, ya puestos, que sólo repasar brevemente el opus del tal Tony Randel es como un valle de lágrimas en si mismo), con el hecho de ofrecer una secuela ya no directa, sino inmediata del primer episodio, se logra alcanzar un continuísmo pleno y, con ello al fin, un díptico bastante apañado al rendir balances. Lo peor, lo digo ya: tras tanto y tanto llovido uno recordaba ésta como "la más mejor de las dos"... Lo que nos lleva de cabeza a la moraleja postrera, antes de saltar al siguiente epígrafe: hay cosas que si se dejan al final del cajón, pues coño, por algo será también... "Hellbound" cuela (puede hacerlo, con la bondad que eso sí nos demanda por obvios motivos del carbono 14 y habida cuenta el género nos ocupa) sin un denuedo extremo pero, definitivamente, me parece hoy día marcadamente inferior a "Hellraiser". Quizá con otro piloto otro gallo hubiese cantado, conviene admitir, porque lo triste del tema es que el "qué" no está nada mal (de verdad que no)... es el puñetero "cómo" lo que nos chafará, en mayor o menor grado (según gustos u apetencias del comensal que toque), aquí la tortilla.

"SINOPSIS PRESTADA". Kirsty Cotton acaba recluida en un sanatorio donde intenta olvidar la pesadilla vivida con la muerte de sus padres. Sin embargo, allí coincide con el siniestro Doctor Channard, quien encuentra en la joven la pieza que necesita para llegar al éxito en sus intentos de encontrar la puerta a una dimensión oculta.

A FAVOR. Pues, sobretodo, lo luctuoso de que a pesar de los esfuerzos titánicos de Randel y sus adláteres, no se logra socavar del todo una conclusión redonda y satisfactoria de lo relatado en "Hellraiser". Los virajes de cuento gótico siguen funcionando, por mucho corre pasillos de videoclip de metal guarro ochentero y festival del chorro-láser fosforito se nos crucen en el tercio final; los roles principales encuentran un fin razonable y coherente; los cenobitas en general y Pinhead en particular ganan en dimensión (y tragedia);  y, al terminar, nos queda esa certeza del que le han contado, a poco se analice, un chiste realmente cojonudo... y aunque (eso sí) se lo haya contado el tipo con menos gracia de un simposio de notarios en el más grisáceo de los días de lluvia. Por aparecer, hasta tenemos (en medio del caos insondable que es la "dirección actoral" del film) una nueva sobreactuación impagable de Clare Higgins que mira más intenso que toda la saga de "Scanners" junta y que quiere ser tan y tan mala que al final hasta nos granjea cierta aquiescencia y todo. Por lo demás, mejor nos limitamos a realizar un llamamiento a la comprensión pues, por supuesto, ese esfuerzo por extraer desde lo estrictamente visual la estructura y narrativa de la historia, es un trabajo que, como espectadores, no tenemos porqué estar obligados a hacer... O no si, por supuesto, quien tenía que realizar su trabajo/arte como procede hubiera obrado un algo en consecuencia (que con un poquito ni que sea ya nos valía a muchos, caray). Fijarse, en base a ello, que a pesar de lo que veremos en el siguiente apartado, éste largometraje sigue recordándose con cariño en no pocas almas y lugares del orbe. Así de sólido es aún hoy el relato, una vez despojado de todos los "aderezos" y "lindeces" (en lo formal) que de manera tan inmisericorde le endilgaron.

EN CONTRA. Hace unos días aconteció la noticia de que un mendrugo de los de tronío intentó robar un mono de un zoológico para regalárselo a su novia... Fracasando estrepitosamente (cómo no) en el intento y, en verdad, quedando lleno de merecidas heridas y hecho, para resumir, una auténtica hez tras el ataque en tropel de los pobres e inocentes primates... Bien, si el pedazo de cretino en cuestión hubiera triunfado en su empeño y tras ello, una vez reposando en solaz propio, hubiera puesto a la pobre bestia tras una cámara para realizar éste film de hoy, pienso firmemente que estaríamos ante un trabajo superior en la forma a lo conseguido por Tony Randel. Tal cual se lo explico. Los intérpretes (que se merecen todas las loas del universo conocido) hacen lo que pueden por dar sentido a la propuesta on screen... Y lo hacen, faltaría, cada un@ a su puta bola y como humanamente puede. De forma por completo deslavazada y desbalanceada de sus compañeros (quizá es un sentido guiño a  los amantes del free jazz más extremo y yo, sencillamente, no lo estoy pillando por ser así de tarugo). Buenas ideas y personajes completamente desaprovechados y/o despejados simple y llanamente porqué sí. Muy doloroso este particular concreto, ya puestos. Obviando los humos inexplicables y los efectos que chirrían casi más por lo innecesario que por lo caduco (que lo segundo se puede excusar, el problema es lo otro), la cámara parece posarse donde, básicamente, se aguante de pie... y "para adelante, oiga". El paroxismo final (para no alargar todavía más, que si te detienes a buscar de cerca te quedas bizco)  donde las actrices miran al Rubik malvado, lo mismo que a Pinhead y sus cuitas, mientras se asustan o se lamentan en planos contra-planos cutrísimos que, de verdad se lo prometo, pueden incurrir en simple y llana hilaridad... Vemos "algo"/ cambio de plano con ellas con cara de estar pasándolo muy mal; volvemos a ver ese "algo"/ ídem de lo anterior; vemos "otra cosa"/adivinen... Podrían estar perfectamente en un concierto de los Manowar o mirando ofertas del super, usando dicha disposición visual. Muy chungo todo, vaya. Lo del socorrido y majadero susto final, que se ve venir desde antes siquiera que empiece la escena, se lo ahorro por simple y mera bondad elemental.


CONCLUSIÓN. Buena historia/continuación, mala -muy mala- realización. No tiene más esto... Bueno, quizá reseñar lo muy obvio de que si no has visto la primera no te vas a enterar de un pimiento. Lo que no és sino la enésima "cima", raramente repetible,  en la inclasificable labor del pergeñador firmante en última instancia (que una cosa es marcarse una "secuela directa" y otra ciscarse por la curra en el visitante accidental)... Eso sí, le pongo un 6 (indicativo de "psché, no está mal" en el Guzztómetro) pese a todo, reincidiendo por enésima en la gamba pelada perfecta que es la historia  (a nivel de simple y puro relato) , al anexarse ésta -condición inesquivable ello- como buen y contundente cierre a la primera entrega (sustos finales al margen que, particularmente y aún no gustándome de base por lo puro chorra, me quedan excusados -aunque a regañadientes sea- por aquello de pertenecer a un subgénero alejado del mainstream más recalcitrante y que tiene también su derecho a buscarse las lentejas, presentes y futuras, como pueda).

GUZZTÓMETRO: 6 / 10

-Pd. Reseña de "Hellraiser" en el espacio (10/06/2008)-

martes, 10 de julio de 2018

1Vs1 (o "CINE DE DOS INTÉRPRETES")

Muchos son los realizadores, guionistas e intérpretes que han mostrado, en mayor o menor grado y desde algún momento de su trayectoria, una marcada querencia por un tipo de cine apuntalado de forma  exclusiva (o muy poco menos) en el puro y duro diálogo. Y aunque, así de entrada y obviamente, dicha disposición no convierte por si misma una referencia (la que sea) en "obra maestra", no puedo dejar siempre de admirar el atrevimiento y sacrificio que ello supone. Apoyar todo el peso de una obra cinematográfica en lo de "gente cascando y mirándose todo el rato", supone una lógica y continua suerte de plano-contraplano, donde el margen para las virguerías y/o variaciones desde el objetivo de cámara (uno de los rasgos donde no pocos de los grandes directores encuentran su marca diferencial, ni qué decir) se sofocan hasta su, prácticamente, mínima expresión. Yendo más allá, a las últimas consecuencias de lo explicado hasta ahora, tenemos además una serie de cineastas que se han atrevido alguna vez a terminar de sintetizar el asunto, logrando terminar su propuesta en base al trabajo de dos únicos intérpretes y los roles en pantalla que de ellos destilan. El rizo rizado, vaya.Puestos a matizar un algo más, y de cara a los ejemplos que seguirán más abajo, conviene también explicar que aunque hayan muchas películas, y adscritas a muy distintos géneros además, que juegan esa baza de forma descarada y en gran medida (desde "El año pasado en Marienbad" hasta "La trampa de la muerte" pasando por "El coleccionista" o "Una jornada particular", significante etcétera), lo mismo que alguna que otra abstracción lograda con, directamente, un solo personaje on screen (la todavía relativamente reciente "Moon" de Duncan Jones seria la muestra perfecta aquí), en ésta entrada de hoy se ha tratado de buscar y encontrar una serie de films cuya tan evidentemente teatral premisa base sea, sin más, aquello mentado al final del párrafo anterior: dos actores/personajes dialogando (verbal y visualmente, ojo al matiz) durante todo el metraje. No alargo ya más, en la seguridad absoluta que hay otros ejemplos (mejores, iguales y peores), aquí queden en cualquier caso los cinco que se proponen hoy desde ésta casa...


1. "Mi cena con André" (My Dinner with André, 1981/ Louis Malle). Malle se atreve con un film sobre una conversación entre dos personas, obteniendo excelentes críticas en USA. Dándose vida a sí mismos, los actores y autores Wallace Shawn y André Gregory quedan una noche a cenar. Como buenos amigos, se empiezan a contar múltiples experiencias personales, a través de las cuales comienzan a surgir los grandes temas de la existencia. Dirigida por Louis Malle, y con guión creado por los dos protagonistas, "Mi cena con André" nos invita a enfrentarnos a lo que de verdad, al final, pesa en la vida.  
Seguramente el film que mejor vendría a referir el tipo de propuesta descrito y que, por ello mismo y aún a pesar de no estar ante ranking alguno, pienso debe iniciar, en plena justicia (o con el único permiso del infalible troll de turno, que se fije en el par de camareros que toman el pedido de forma tan intrascendente como fugaz), el listado. Wallace Shawn y André Gregory convencen, de alguna manera, al genial Louis Malle para que les filme el careto durante algo menos de dos horas y partiendo del libreto que ellos mismos se han despachado cuatro manos... "Film de culto" que se dice, con estos dos viejos conocidos más que amigos -o pareciera- entroncados en una conversación (aunque en muchas ocasiones parezca más un monólogo de André -el personaje y el actor-) que dura, de forma casi íntegra, lo que la consabida cena del título y con bien poco a añadir desde la sinopsis... Arte, viajes, filosofía, soberbia, pedantería, autoindulgencia, culpa, vergüenza, lo mundano, lo divino y un sindiós de conceptos más lanzados al aire en algún momento... Como dos cuñados divagando  en la sobremesa de un film del Allen más esnob, o como dos autores desnudando su alma, sin cortapisas ni dobleces medien, frente a un plato sopa... Que decida cada cual pero, eso sí, la honestidad y su indebatible calidad que no se la discuta nunca nadie. Para mi magnífica (y única), ni qué decir.


2. "La huella" (Sleuth, 1972/ Joseph L. Mankiewicz). Andrew Wyke (Laurence Olivier) es un prestigioso escritor de novelas de intriga. Además, su pasión por los juegos de ingenio y las adivinanzas lo ha llevado a convertir su gran mansión en una especie de museo, donde se exponen los juguetes y mecanismos más extravagantes. Una tarde, invita a su casa a Milo Tindle (Michael Caine), amante de su mujer y propietario de una cadena de salones de belleza, para proponerle un ingenioso plan del que ambos podrían salir beneficiados.  
El más célebre y evidente de los films del listado a colación de lo que el posteo de hoy pretende. Olivier contra Caine y al revés, al compás de Joseph L. Mankiewicz... ¿Acaso tenía margen alguno para la derrota? Adaptación de obra teatral que el propio autor (Anthony Shaffer) se encarga de guionizar para la ocasión, con ésta infalible historia suya plagada de recovecos argumentales construidos sobre cuernos, venganzas y esperpentos por doquier en pista indoor. El realizador de "Eva al desnudo" y demás se encarga de separar los entreactos, a base de enfocar los juguetes de este millonario con diógenes encarnado por Sir Laurence y/o poco más, para dejar a los dos titanes hacer "lo suyo", sin dejar espacio a intrusismo ni estorbo alguno en el proceso... Título referencial para cualquiera de los tres implicados más famosos al fin, y con toda la locura a cuestas que acarrea ello tras el vértigo de repasar ni que sea un algo los nombres propios, que nos salta de la comedia al suspense lo mismo que de la intriga al drama, como y cuando la gana le dá... Mágica, para resumir y desde luego. Y además para aquell@s que se deleiten con el mundo de la interpretación, de forma especialmente denodada, se alcanza lo totémico sin ya nada más a apostillar.


3. "Infierno en el pacífico" (Hell in the Pacific, 1968/ John Boorman).  Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los dos únicos supervivientes de una batalla naval, un soldado norteamericano y un oficial japonés, se ven obligados a convivir en una isla desierta del Océano Pacífico.
Quizá no, sin duda no tienen los matices y complejidades interpretativas a disponer del par inmediatamente anterior pero, ojo, Lee Marvin y Toshirô Mifune tampoco vendrían siendo Bartolo y su primo en el Tenorio improvisado para la verbena el pueblo... Es más, en términos de "fuerza" en pantalla les tose Mitchum y bien pocos más. Esto es así. Tras tanto dispendio de rudeza (Mifune fue solicitado explícitamente por el otro ya que se confesaba fan)  estaba, además, un entonces en alza y joven Boorman pre-Deliverance que, por supuesto, deja aquí ya algunos rasgos de esa abstracción por la naturaleza que veremos bastante después en "Excalibur" o "La selva esmeralda"... Con este film, más allá de ver en danza a Marvin y al actor fetiche del inalcanzable AK (ambos veteranos de guerra en la vida real, ya puestos), tenemos, en las cuitas de estos dos soldados enemigos cautivos en la consabida isla desierta, el ejemplo perfecto sobre ese diálogo no verbal anteriormente apuntado... lo mismo, y que eso también,  que una pequeña trampa (para lo que nos ocupa) ya que el paisajismo aquí se asemeja, puntualmente, al catálogo de verano de Halcón Viajes... Pero no importa. Metáfora brutal, sangrante, sátira en verdad, sobre la ausencia de comunicación y el aupamiento vanal de los prejuicios que tan gratuitamente se inoculan. Mucho -MUCHÍSIMO- mejor, por cierto, el final que quería Boorman (fácilmente encontrable en las redes para quien tenga curiosidad, que está grabado) al que finalmente se editó para su versión estándar. Para terminar, a modo curiosidad, solo mencionar esa versión (poco o nada encubierta) ochentera de "Enemigo mio" con Quaid y el director de "La historia interminable", montada sobre el mismo relato original y que nos cambiaba, para la ocasión, yanquis y nipones por terrícolas y extraterrestres.


4. "Sin testigos" (Bez svideteley, 1983/ Nikita Mikhalkov). Un hombre (Mikhail Ulyanov) reaparece en la vida de su ex-esposa (Irina Kupchenko). Se había casado de nuevo y quedó viudo con una hija que ha seguido su interés por la música. Con intenciones, quizás, de reconciliarse, él hombre tratará de indagar por la nueva vida de su ex... pero, también ella analizará cada palabra suya. 
Y ahora viene cuando les explico que de las diez interpretaciones que, de forma lógica al hacer recuento, se destacan en esta entrada, nos enfrentamos a las dos mejores con una superioridad del todo incalculable... Ya hace un buen tiempo que un viejo amigo me recomendó que viera encarecidamente éste film (dada su marcada querencia por el cine ruso y al hacerle conocedor de mi profunda admiración por el film "Quemado por el sol", del mismo realizador que ahora nos ocupa). La propuesta más indisimulada y crudamente dramática del ramillete. La que más duele, la más devastadora y la más poco amable para con el espectador... Pero también la más nutritiva, la menos efectista y la que se eleva a cotas artísticas más elevadas. Irina Kupchenko y Mikhail Ulyanov subliman la interpretación a unos niveles con bien poco parangón y al nivel que se prefiera o pretenda elegir  (a modo fugaz ejemplo de catálogo: lo que hace la primera en la escena de la llamada telefónica, ya hacia el final del film, nos replantea desde ahí y ya para siempre el concepto de lo que debiera considerarse un "gran intérprete"). Por otro lado, Mikhalkov se sirve de los pocos elementos ajenos a la conversación directa con una maestría ya entonces impresionante (atención a los derrumbes de cuarta pared en forma de soliloquio, con aquellos planos rembrandianos -perdón, si- con las jetas brillando sobre fondo negro o, también, a las voces en off relatando fotografias y epístolas varias)... Lo suave y espartano de la puesta en escena (en contraste impagable con lo que se va sucediendo), más lo tan medido de su ajustado metraje (más "verdad" y flor de piel constante sería, seguramente, insoportable), convierten esta montaña rusa, "nunca mejor dicho" (entónese ello con voz carcunda y engolada a más no poder, claro), de sentimientos en una terapia que muy difícilmente, y en la más mejor de las acepciones posibles, podremos olvidar jamás. Imprescindible, sin más y aún con todo su desgarro y completa ausencia de azúcar.


5. "El próximo año a la misma hora" ("Same Time, Next Year", 1978/ Robert Mulligan). Un hombre y una mujer se conocen por casualidad en el comedor de un romántico hotel. Aunque ambos están casados, al día siguiente despiertan perplejos en la misma cama preguntándose qué les ha pasado. Sin embargo, se citan para el año siguiente en el mismo hotel y en la misma fecha. Adaptación cinematográfica de un previo éxito de Broadway. 
Finalmente, y para terminar de forma más amena desde lo anterior, la referencia más amigable y menos dolorosa del lote. El bastante irregular Robert Mulligan ponía en austeras imágenes una relativamente popular obra teatral, dejándola por completo en manos de una Ellen Burstyn y un Alan Alda magníficos, que se sobran y bastan para mantener a flote el film en todo momento. La variante más romántica, no exenta de drama y comedia (por supuesto),  de la colección se cimenta en el paso del tiempo y el salpicar de los distintos contextos históricos en la evolución de sus protagonistas. Su tan plausible ausencia de ínfulas innecesarias y su tan lograda naturalidad, que de verdad se lo prometo, hacen apuesta segura hasta para con el más desconfiado llegada la hora de leer la palabra "romance" desde las consabidas e insaltables etiquetas que delimitan al género del film que toque... Alda salía muy reforzado desmostrando que, definitivamente, había vida para él en el séptimo arte (y más allá de la tan imprescindible serie televisiva que le dio a conocer unos años antes) y la Burstyn... Bueno, ¿cuándo narices ha estado mal, ni siquiera regular, Ellen Burstyn?. Recomendable, que nadie se equivoque con su engañosa ligereza por montera, y no solo su mera visualización, atención, sino incluso su periódica revisitación.