viernes, 1 de febrero de 2019

JEFF, ELLIOTT Y 1994

La muerte de Cobain, veinticinco abriles de ello en unas cuantas semanas, golpeó con fuerza en el ánimo de no pocos millones de personas. Esto, por rimbobante suene a quien sea, fue tal que así. Y, desde luego, no vamos a entrar ahora en la importancia o calidad del músico: para algunos es el principal culpable de la "comercialización" del indie rock, para otros -justo al contrario- el tipo que reivindicó  y facilitó una mayor dimensión a una serie de bandas anteriores (y mejores) y, para los de más allá, cuarto y mitad de cada sin olvidarnos, por supuesto, de los que a todo esto sencillamente les importa más bien poco... En cualquier caso, como siempre opino cuando el líder de los Nirvana sale a colación, la gran lástima, el gran pesar para mi, llega al cotejar mínimamente por donde podrían haber ido los tiros (con perdón): Kurt Cobain hizo una música magnífica pero, de alguna manera, es en el "adónde podría haber llegado este tío" (por su evolución constante y su facilidad por sacarse canciones, algunas muy buenas, hasta del suelto el cambio) donde servidor encuentra el reverso más luctuoso de todo este folletín... Sin embargo, alehop incluso, ahora que el Shyamalan éste vuelve a estar de moda (cineasta no muy de mi agrado, así en general y ya puestos) aprovecho para hacerles un giro dramático, "un 180" que lo llaman algun@s para ahorrar palabras (que, en efecto, acabaremos como putos chimpancés que es que se ve venir de lejos), y señalar el motivo real de la entrada para, de paso también, ir dando ya un algo de sentido a  lo que vendría siendo el título de cabecera...

Porque, sin duda, el rock USA perdía a su gran paladín, al genio vigente al que había que seguir y adorar en aquel momento y sin embargo,-y lástima del ateísmo recalcitrante de uno al no poder aprovechar para la ocasión aquello del "ahoga pero no aprieta"-, ése mismo 1994 iba a proporcionarnos el advenimiento de otros dos genios, únicos e igualmente contundentes, con sus respectivos álbumes de estreno a juego. Y aunque, por supuesto sabiendo ahora -con la consabida lectura a posteriori- como acabarán todas las historias, esa "regeneradora" lectura del asunto no invite a la algarabía y el descorche a discreción en tiempo presente, sí que me parece algo altamente remarcable (y "celebrable") dada la importancia e impronta de Jeff Buckley y Elliott Smith en el contexto general de la historia rocanrolera. Tratamos, en definitiva, de dos de los tres músicos yanquis más brillantes y diferenciables surgidos/reconocidos en el último cuarto de siglo (el otro es Tweedy, claro, aunque estuviera de mucho antes y que no tiene mayor misterio el tema). Personal que, diáfano ello, no ha tenido herederos claros o fiables, o por lo menos no a ese nivel. Y no faltará, estaríamos buenos, quien se les acerque para mentarles a Auerbach o a Jack White (etc)... Cuestión que, opino humildemente, debiera ir acompañada perentoriamente de un necesario palazo en toda la cara para con la persona (o similar) que verbalice tamaña e inexcusable barbaridad (la mera sugerencia de poner a ese par, y otros de similar pelaje, al nivel de los otros tres es poco menos que ciscarse en la memoria y legado de éstos últimos en cualquier lectura habida o por haber, amén de algo completamente  grotesco e imposible  -y no es nostalgia, ojo nadie se confunda, es la puta y ominosa realidad de las cosas sin más-). 

En pleno verano de aquel 94 Elliott Smith, uno de los dos cantantes de la banda indie rock de Portland llamada Heatmiser, sacaba su primer disco en solitario: "Roman Candle". Media hora de tan apagadas como preciosas tonadas que, junto a su homónima e inmediata continuación, terminarían por sintetizarse del todo en los tres discos ulteriores (los tres en los que, aún en vida, Elliott estuvo todavía detrás de todo el proceso en fraguas) y que, para resumir, son tres de los discos más bonitos y tristes a la vez que existen. Con todo, no medie duda alguna, ese estreno se disfruta y se vale por si mismo. Indispensable a todas luces, como -para quien suscribe, al menos- cualquier cosa firmada por su autor en solitario y aún a pesar de su brevedad (o precisamente por ello), en realidad. Con guías tan infalibles y evidentes como la delicadeza de Simon y el sentimiento de Drake en las formas, a Smith sólo le faltaba ya tener las canciones... Y joder si las tenía. Desde el primer minuto. Aquí ya teníamos "Condor ave.", "Last call" o el tema homónimo de arranque, siempre sin olvidar ese "pequeño gran milagro" (el primero de los tantos que aguardaban) que responde por "No name #1". Ver crecer eso, además y aunque en perspectiva sea, hasta las cotas alcanzadas en discos posteriores, nos resulta a bastantes uno de los puntos más elevados de "emoción musicalizada" jamás escuchados hasta hoy. Elliott no tenía la misión de cambiar ni hacerse abanderado de nada pero, sin duda (y admito abiertamente que, de los tres hoy "llorados" en este texto, es el predilecto y al que más añoro con muchísima diferencia), es el que más canciones bonitas nos hubiera regalado para los restos... El que más compañia nos hubiera hecho y, por ende (desde el puro y duro egoísmo), para mi el más necesario e inolvidable.

... Pero, seamos justos, a Elliott aún lo tuvimos un rato al menos. A Jeff no. Su "Grace" salía al mes siguiente del de Smith. Y és, con plena justicia (que a veces pasan estas cosas), uno de los mejores y más emblemáticos discos de la década a la que pertenece. Y eso sólo para empezar. Heredero del timbre y delicadeza de su muy honorable señor padre (igual y cruelmente desaparecido antes de hora), es tan cercano en sentimiento al hacedor de "needle in the hay" como contrario en la premisa de base: si Elliott  resultaba completamente implosivo, llevándose su tristeza y sentir a su pequeña cueva de los lamentos, Jeff era pura contención acumulada que, tarde o temprano, acababa por estallar de dentro hacia afuera en un grado de emoción imposible.Y, por la cuenta que su "grace" nos trae, lo és en todo el disco. Ni su celebrada revisión de "Hallellujah" o la mayor difusión de su tema titular logran opacar un todo de quilates incontables... "Last goodbye", "So real", el virtuosismo vocal de "Corpus Chriti Carol", la más rockera "Eternal life" o mi elegidísima del lote "Lover, you should've come over", todas ellas en definitiva (que las que me dejo no hacen sino sumar todavía más)  configuran un diamante de insaltable importancia y belleza en la historia toda del medio, lo mismo que una misa de inesquivable y obligatorio peregrinaje. Resumiendo: Cobain, pese a quien pese (y lo cito ex profeso de nuevo para acabar de cerrar círculos desde principios de entrada), nos mola a muchos porque al final de todas las charlotadas mil del universo a argüir -para bien o mal- nos ayudó a que tuviéramos mayor acceso a una música absolutamente imprescindible (al menos para algunos) y Elliott, me reitero, es el predilecto personal por su tan especial y sentido discurso... Jeff, me temo, se tiene que "conformar" con ser el mejor y más completo músico de los tres. Si los Pistols lo cambiaron todo sabiéndose tres notas y media con un solo disco, Jeff Buckley lo logró también más de tres lustros después (vaya qué sí) pero, ésta vez, siendo un artista con un talento prácticamente inasumible que aunque imitado por dios y la madre (saludos al Sr. Yorke, por ejemplo rápido) nadie ha alcanzado, siquiera de lejos, a vislumbrar desde entonces.

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